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En Espacio, cuerpo y mente, Ana Mombiedro explora la intersección entre arquitectura, neurociencia y psicología para desvelar el modo en que los espacios construidos influyen en la salud fisiológica, cognitiva y socioemocional. El libro ofrece una visión profunda y cautivadora sobre el valor de la neuroarquitectura y demuestra que el diseño de un lugar puede mejorar la sensación de bienestar.
Desde el estudio sobre la importancia de la luz natural en la recuperación de pacientes enfermos hasta el análisis de la influencia de los entornos enriquecidos en la neurogénesis y el comportamiento, la autora argumenta que la arquitectura, además de su doble condición de arte y ciencia técnica, tiene también una dimensión humanística cuando se construye bajo los dogmas de las neurociencias. Al integrar conocimientos de varias disciplinas, este texto plantea un futuro en el que la arquitectura sume a sus inherentes requerimientos estéticos y funcionales, la promoción activa de valores en salud y bienestar.
Esta obra se dirige a arquitectos, diseñadores, urbanistas y todas aquellas personas interesadas en el conocimiento y la práctica de cómo el entorno construido transforma la salud física y mental de nuestra sociedad.

Durante los 3 años que estuve dando clase en el instituto, las aulas en las que daba clase ofrecían un gran inconveniente, hacían difícil la relación con mis estudiantes. Además, dificultaban las relaciones entre ellas y ellos. Hoy todo esto ha cambiado gracias a la aplicación de principios de las Neurociencias y la Psicología. Estamos midiendo cómo el diseño del espacio del aula tiene un impacto en el comportamiento y en el rendimiento de estudiantes y docentes. Hoy comparto por qué transformando aulas, transformamos mentes.

¿Podemos diseñar espacios de trabajo que mitiguen el estrés, potencien la concentración y favorezcan la creatividad? Mi respuesta, tras años de investigación sobre los vínculos entre la arquitectura y el comportamiento, es que sí. Descubre cómo hacerlo.
Estar expuestos a espacios verdes reduce de estrés y la ansiedad1, visualizar el rojo genera mayor actividad neuronal2 y el ruido de fondo entorpece la concentración3. Pero cuando ya sabemos que el todo es más que la suma de sus partes, por eso la solución a espacios de oficinas que entorpecen el trabajo no es poner plantas, ni crear atmósferas cromáticas o mejorar la acústica (bueno… un poco sí). La solución que te propongo es tomar como referencia el legado de John Paul Eberhard (persona que sugirió a Fred Gage esto de unir arquitectura y neurociencia allá por el 2000) y aplicar las hipótesis que propone en su libro Brain Landscape4 en el diseño.

Habitar casas con plantas, tener mayor cantidad de luz natural, construir con materiales sostenibles no sintéticos y tener una alimentación equilibrada son hábitos beneficiosos para nuestra salud. Pero ¿por qué?, ¿qué impacto tienen estas variables sobre nuestro cuerpo para que sea beneficioso vivir en contacto con ello? Las respuestas las vemos en el funcionamiento del Sistema Nervioso.

Hace algo más de un año nuestros compañeros de Veredes nos compartían el documental Hacia otra arquitectura en el que se evidencia el impacto que los cambios en el orden social y ecológico están teniendo en la práctica de la profesión, y viceversa. Algunos ejemplos de estas transformaciones son el coliving, o lo que sucede en los patios de los colegios. En esencia, estamos viviendo un cambio de paradigma. Pero ¿cuál es el paradigma actual de la arquitectura y hacia dónde va?

Gracias a nuestro sistema corporal construimos la realidad que percibimos. Según cambia nuestro cuerpo, cambia nuestra percepción del mundo. La arquitectura llega a nosotros y remueve nuestros recuerdos, nuestras vivencias anteriores. Si quieres conocer qué implicaciones tiene el espacio en nuestro cuerpo, este es tu post.

Llevo años defendiendo que la Neuroarquitectura no es una disciplina como tal, sino una perspectiva desde la que observar la profesión; pero, cada vez son más las personas que me escriben preguntándome cómo adoptar esta perspectiva en sus proyectos.
Siento que es un error pensar que los avances de la neurociencia nos dan herramientas para proyectar, esto nos lo da la carrera. La neurociencia facilita conocimiento sobre cómo funciona el sistema nervioso ayudándonos a empatizar con los usuarios de los espacios que proyectamos, a entender que “no hay una sede central en el cerebro, sino que todo está distribuido entre montones de mapas sensoriales y motores en diversas áreas del cerebro.”.


La reflexión de Elisa Carrasquilla nos cuenta que estos meses de confinamiento parecen haber sido el detonante para que el hecho de que la arquitectura haya de adaptarse al usuario, y no al revés, caiga por su propio peso. Resulta que no sólo los usuarios habíamos hecho de nuestros hogares meros lugares de paso, sino que este uso extendido del hogar como hospedería personalizada había colonizado el proceso de diseño. Y no sólo en el caso de la arquitectura doméstica.

¿Alguna vez te has parado a pensar a qué huele tu hogar? ¿y tu ciudad? Resulta que, cuanto más expuestos estamos a un estímulo más lo normalizamos. Y no es que pase desapercibido, sino que, por eficiencia, nuestro cerebro deja de sentir el estímulo para poder invertir energía en otros procesos. Por esto es aconsejable cambiar de atmósfera, para mantener esas minúsculas vías neuronales vivas o despertar otras nuevas. El auge de la arquitectura flexible no tiene otro fundamento que el de adaptarse a las necesidades sensoriales de cada momento, pero ¿qué es sentir el espacio?

Hace un tiempo reflexionábamos sobre el papel de la arquitectura en el mundo virtual. Parece que las modas no sólo afectan al mundo de la cocina, el diseño o el maquillaje, sino que también empezamos a tener arquitectos influencers que participan en la viralización de la arquitectura. El acceso e intercambio de toneladas de información es uno de los beneficios más aclamados de internet, que como todos los pros tiene también sus contras.Uno de mis pros favoritos es que podemos estar al día con experimentos e investigaciones que están sucediendo en el otro lado del globo. Y no sólo eso, sino que también podemos ponernos en contacto con quienes compartimos intereses y crear así nuevas redes.

Hace poco estuve como ponente en el encuentro por la infancia, la inclusión, la educación y la arquitectura que se llevó acabo en uno de los auditorios del Museo Reina Sofía. Un encuentro por el futuro de nuestros jóvenes con una motivación común; indagar en cómo hacer que la educación sea un proceso participativo del que todos tomemos parte.Por la parte que me toca, compartí con la audiencia la relación entre el entorno y el aprendizaje desde que estamos en el vientre materno hasta que entramos en la adolescencia. Entre otras cosas, conté un proyecto que me marcó mucho cuando inicié mis trabajos de investigación. El dramático caso de los orfanatos en Rumanía.

Jugar con los sentidos es una puerta que nos abre la “neuroarquitectura” y tenemos trabajos actuales que demuestran que estos juegos ya están en práctica. El estudio del sistema nervioso es centro neurálgico de las propuestas que hoy os comparto. Arquitectos que han estudiado cómo se produce el flujo de información entre el entorno que nos rodea y nuestro cuerpo.

Ahora que conocemos esta genial habilidad del cuerpo humano, parece cuestionable seguir proyectando arquitectura como hicieran los grandes maestros. . En cambio, el SXXI nos está demandando unas arquitecturas que van más allá de la relación forma-función, o de las proporciones aúreas de un espacio porque es bello al ojo humano.