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En tiempos de escasez material, los escribas y cartógrafos aprovechaban los materiales nobles de los pergaminos, conscientes del esfuerzo en su elaboración, trazando una y otra vez sobre ellos la realidad que debían representar. Así, el soporte se volvía un testigo material y silencioso de la evolución de lo representado. Capas y capas de información se superponían sobre un mismo recorte de piel animal o de elaboradas fibras vegetales. Hoy en día, donde la acumulación y disponibilidad material nos ahoga en una atmósfera tóxica, parece innecesario este ejercicio de elaboración y reelaboración. Tal vez debamos imaginar la palabra palimpsesto de otro modo para traerla a nuestro presente, donde la superposición y la coexistencia de discursos, trazos y visiones ya no tiene lugar sobre un soporte físico sino digital. Donde, a golpe de hipervínculo, cualquier persona interesada puede recorrer el tiempo aplanado sobre la pantalla del ordenador. Una pantalla que devuelve a la vida los diferentes textos, etapas y épocas de un portal web, como este, que atesora, en su ínfimo espesor, más de una década de reflexiones en torno a la arquitectura contemporánea y el espacio que nos rodea. Lo importante de un palimpsesto no es tanto la visión nítida de cada instante sino las fricciones, fantasmas y trazas surgidas de un redibujar constante en torno a una misma idea.

¿Qué tienen en común un misterioso dodecaedro de hormigón armado, una modernidad arquitectónica construida en tierra o el esqueleto pétreo de Torres Blancas? ¿Como podemos hacernos cargo desde la arquitectura de una condición inmaterial que entra de lleno en nuestros pulmones, nos rodea y calienta el planeta en el que vivimos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de modernidad fósil?

Atmósferas es el título del séptimo y último bloque de nuestra etapa editorial del blog de la Fundación Arquia. Con esta serie queremos cuestionar los espacios de intervención y disputa de la práctica espacial, a la vez que visibilizar los menos visibles. Todo ello a través de los ojos y otros sentidos de prácticas de arquitectura, pero también arte o ciencia, que recorren distintos climas, aires, toxicidades o fuegos.

Cada vez hacía más calor. Esta es la primera frase con la que arranca el Ministerio del Futuro, del escritor Kim Stanley Robinson. Una ola de calor sostenida en el tiempo en una ciudad india es el primer escenario de una novela que transita por muchas voces, lugares y tiempos de forma casi premonitoria. 38º por la noche, muchos más por el día dentro de una isla de calor donde los gases de los generadores a gasolina llenan de contaminantes una atmósfera asfixiante y su ruido ensordece cualquier conversación posible. Más de 1300 ppm en suspensión flotando en la atmósfera. Hace tiempo que la electricidad colapsó ante el aumento de la demanda de aires acondicionados y toda clase de sistemas que lograsen bajar unos grados la sensación térmica de millones de cuerpos al borde del colapso. Cuerpos lentos, empapados, exhaustos ante un entorno cada vez más invivible. La humedad subió al 60%, una mala noticia, que complicaba todavía más la situación.

Hacemos varias fotos de una tacada por si alguna no sale bien. Ahora nuestros móviles sacan automáticamente veinte en vez de una para que elijamos entre la que más nos guste.

La primera página nos muestra un dibujo de una joven vista desde arriba, sentada en una mecedora y sosteniendo un gato blanco. El punto de vista, a cuarenta y cinco grados, está perfectamente orientado al norte. Un centímetro en la imagen representa diez en la realidad: escala 1:10. En la segunda, la visión se eleva para volver a mostrarla, en la misma posición, junto a dos coches y una extraña figura que parece la parte delantera de una ballena. Aquí, un centímetro en la imagen representa un metro en la realidad: escala 1:100. La tercera muestra la misma escena situada en el patio definido por un edificio de planta en forma de U. Esta vez, un centímetro en la imagen representa diez metros en la realidad: escala 1:1000. La secuencia, en saltos de diez, continúa para mostrarnos los suburbios de Utrecht, el territorio completo de los Países Bajos, la Tierra, el sistema solar hasta que somos capaces de ver, incluso, Alpha Centauri.

En arquitectura, las escalas son herramientas fundamentales de representación, mediación o análisis. Pero lejos de ser mecanismos neutros, elegir lo que permanece o desaparece, se representa o desestima, se toma en consideración o aparta; constituye un gesto verdaderamente político y lleno de implicaciones. Las historias de la arquitectura muestran, además, cómo determinados cuerpos, que también tienen que ver con la escala, lo menor, lo superfluo, lo decorativo; también han quedado fuera del foco del interés disciplinar.

Solo durante el siglo XX la modernización y el desarrollo propagaron los proyectos de escalabilidad a lo largo de la tierra, encogiendo lo que había sido un océano de diversidad en charcas residuales.
“On non-scalability”, Anna Tsing.

Desde hace unos meses llevamos en este blog dando vueltas al tiempo, un tiempo que se enuncia siempre en múltiple, atmosférico, cronométrico, geológico, instantáneo, escaso, dilatado. Un tiempo que se manifiesta como cansancio, pereza, letargo, como ansiedad y actividad constante, que ya no se mide por la posición del sol o las estrellas, sino que está inscrito en todos y cada uno de nuestros momentos, de nuestras vidas, un tiempo global, medible, parametrizable, un tiempo fuera de sí, un tiempo que debemos pronunciar en plural, que rehúye una definición única volviéndose múltiple y voluble. Este tiempo juega un papel fundamental en cómo entendemos y vivimos el espacio arquitectónico, y cómo este lo atraviesa y lo define.

Entre los ríos Esla y Órbigo, en León, en una de las áreas más planas de la península ibérica, se extienden no tan extensos pero sí extraños campos en los que unas estructuras de madera y cables, llamadas espalderas, hacen crecer, verticalmente, el lúpulo. Una especie de la familia de las Cannabáceas que, en nuestro país, apenas podemos encontrar.

Los lapsus de memoria, con sus lapsos de Espacio-Tiempo, funcionan como un complejo agujero a través del cual entidades de un inframundo se filtran, se precipitan sobre nuestro mundo. Los lapsus de memoria son los instrumentos de su Retorno
Reza Negarestani, Ciclonopedia.

En el área de refinado de macrodatos de la empresa Lumon, situada en la planta subterránea de una anodina arquitectura corporativa de algún polígono empresarial de una indeterminada ciudad del este de Estados Unidos, un ritual se repite. Suenan las puertas del ascensor a las 9:00 de la mañana, a las 9:05, 9:10… Va escupiendo trabajadores trajeados que se dirigen a su despacho. Los personajes recorren, una y otra vez, el laberíntico camino de falsos techos, luces frías y paredes blancas que nos trasladan a una suerte de backroom burocrático. Su creador, el director de arte Jeremy Hindle, tomó como referencia principal la sede central de John Deere, diseñada por Saarinen y Roche, adornada con multitud de otras referencias mid-century en la búsqueda de representar un modernismo inquietante que haga preguntarse por qué alguien querría trabajar allí y, a la vez, expresar cierto confort. Esa sensación de habitar un espacio inquietante ya conocido, por más que sea la primera vez que nos adentramos en él, es algo que todos y todas hemos experimentado alguna vez. En un mundo donde lo digital se entrelaza constantemente con nuestras realidades cotidianas, también es importante comprender cómo interactuamos con las plataformas en línea y los espacios virtuales del presente. Leer más. Tal vez lo hayamos sentido yendo a rellenar un trámite a la administración local, en la sala de espera de nuestro centro de salud, recorriendo los pasillos infinitos de despachos de una facultad o, en muchas ocasiones, al igual que los trabajadores del departamento de refinado de macrodatos de Lumon, al ir a nuestro puesto de trabajo entre moquetas y cubículos móviles mientras suena música ligera.

La ciudad, el último territorio urbano del que escapar, o al que volver, un último vestigio de ese espacio de acumulación. El pueblo, la colonia, llena de casas, todas pequeñas e iguales, como territorio de extracción, en realidad una barriada a los pies de la montaña y próximo a la mina. Las ancianas meten la carne tendinosa en leche para que el conejo de caza ablande. Son las únicas que recuerdan con nostalgia el verdor y los animales que bajaban de las montañas hace treinta o cuarenta años. Nuevos mineros, recién llegados, las destripan y vacían sus betas en busca de minerales. Aguaceros que van y vienen provocan riadas e inundaciones. Y es que el agua llega de golpe y lo inunda todo. Un Museo de Historia Natural, a modo de invernadero, conserva, como si de una bola de nieve se tratase, fósiles y minerales, animales que no habían visto antes, flores que desconocían. La última nevada solo aparece como la imagen de un recuerdo borroso. Hoy, los pinos se secan y mueren. El cielo se pinta de un bonito color salmón. La rave es, otra vez, el último lugar de escape, una celebración adulterada que se extiende hasta que la luz del día colorea el valle o hasta que el sonido de las alarmas despierta a la población. Un extraño servicio militar, masculino, no lucha contra un bando enemigo. Ahora, sofoca los incendios de los valles provocados por la extrema sequía, una realidad recurrente que se introduce en la rutina de quienes no han podido o tenido el valor para escapar.

El 23 de octubre de 2024 la Agencia Estatal de Meteorología comenzó a informar de la llegada de lo que siempre habíamos conocido, en el este de España, como gota fría, ahora llamada DANA, «depresión aislada en niveles altos». Para los que vivimos lejos de allí, el día 29 comenzaron a llegar las televisiones y redes sociales crudas imágenes y vídeos de una violenta riada en los territorios de l’Horta Sud valenciana que arrastraba a su paso mobiliario urbano, vehículos, animales, y que a la postre costaría la vida a más de doscientas personas y, al menos, otros tres mil animales de granja, por no hablar de otras especies de otra escala, o carisma, o las afectaciones de entidades biológicas y ecosistemas. Los destrozos provocados por estas inundaciones, afectan aún a día de hoy –y lo que queda– a más de 75.000 personas de forma directa, y a sus arquitecturas, infraestructuras, suelos y todo tipo de redes.

Otros deseos posibles es una conversación a dúo entre la filósofa e investigadora Marta Echaves, coordinadora de actividades de la editorial Caja Negra, y la arquitecta, investigadora y docente Marina Otero Verzier, comisaria de Deseo, entre otras cosas, la novena edición del Festival arquia/próxima, programa al que acompaña este bloque temático. Esta conversación parte desde dos lugares disciplinarmente diferentes, en búsqueda de arrojar luz en torno a una misma idea. ¿Puede ser el deseo un motor para imaginar alternativas al presente que nos rodea? Por un lado, el deseo poscapitalista, enunciado por Mark Fisher en sus últimas clases, como un destello de posibilidades para ir más allá del realismo estático del presente. Por otro, el deseo entendido como una oportunidad para canalizar, desde las prácticas de diseño, otras relaciones espaciales, materiales y afectivas. Arrancaremos en estas coordenadas compartidas para recorrer junto a ellas diferentes voces, realizaciones y marcos de pensamiento que nos permitan comprender la importancia de desear para imaginar otros futuros posibles. Gracias, Marina, y gracias, Marta, por sumaros a este podcast.


Las altas vallas y el arbolado impiden ver el interior de la parcela hasta que una puerta de acero se retira, parsimoniosamente, dejando entrar a un vehículo de alta gama en su interior. Último modelo. Podemos escuchar perfectamente el rugido de la cilindrada iniciar la marcha por una promenade de cemento rodeada de un césped tan perfectamente aseado y de un verdor tan exultante que no se corresponde con la crisis hídrica que nos acecha y que hace dudar de su naturaleza. Ni una sola brizna de hierba por encima de las demás. Al fondo, mientras el coche desaparece, un perfecto cubo blanco de hormigón levantado sobre gráciles pilares. Cuando nos acercamos, los grandes paños de vidrio, sin una sola mancha o gota de lluvia, dejan entrever un lujoso interior de muebles de diseño y materiales nobles. Chapas de madera, mármoles travertinos, hormigones pulidos, chaise-longues tapizadas con la piel de animales muertos y exóticos e islas de cocina infinitas de vetas brillantes. Todo very mindful, very demure.

Muchas veces hemos dicho que no hay otra forma de ficción que explique mejor la realidad espacial contemporánea que el terror. Lejos quedaron ya las promesas modernas del progreso sin reversos de violencia que no quisimos ver o, mejor dicho, se ocultaron debajo de la alfombra con cada obra maestra, con cada planificación urbana, con cada infraestructura territorial. Un terror que vemos en nuestro día a día, manifestándose no como poltergeists y posesiones demoníacas sino como contratos de alquiler, ejecuciones hipotecarias o desplazamientos forzosos. Un terror que toma forma de runrun. Como decía la canción de Califato ¾, una hipoteca muy grande no te deja respirar. Esa angustia está presente en los cuentos de terror inmobiliario que compartimos en círculos de amistades o leemos en foros de internet. Pero, más allá de eso, en las historias de terror podemos encontrar relatos alternativos, fórmulas de justicia espacial que buscan alterar los equilibrios de lo que se ha contado y lo que se puede llegar a contar.

¿Es posible que la revolución de la movilidad no esté en manos de millonarios de Silicon Valley y startups sino en enrojecidos jubilados y jubiladas que pasean sus vehículos motorizados por aceras al calor del sol de Benidorm? ¿Que sea el propio desborde de la planificación urbana hecho por sus usuarias el que pueda ser un lugar de asombro y aprendizaje?

La escena se repite, prácticamente sin variación alguna. Una casa, noche cerrada, el silencio y calma propio de la hora que marca el reloj. El minutero apenas roza las 03:33 de la madrugada cuando esa situación estática cambia por completo. Un ruido, un estallido de un cristal, un mueble que se mueve con violencia o simplemente un televisor que se enciende para emitir un canal con ruido estático. Sabemos perfectamente lo que pasará a continuación, no hace falta seguir describiendo. Otros habitantes de ese lugar, sea un piso de una vivienda colectiva de Vallecas donde una adolescente ha coqueteado con el tablero de la ouija, una mansión victoriana que ha visto tiempos mejores o un genérico chalé suburbano donde se ha cometido un crimen, toman, por unos instantes, el control de una vivienda en la que habitan pero ya no les pertenece. Tras una serie de sucesos de todo tipo, agua bendita, sensores paranormales y alguna que otra desgracia, todo vuelve a la normalidad. Aquellas otras entidades vuelven a ser expulsadas a los márgenes de la existencia para que todo continúe según dicta la norma. Así, la familia, por lo general heterosexual, en edad productiva, con hijos de pelo rubio y profesiones liberales, pueden seguir con su vida en ese espacio. Hasta que, quién sabe cuando, esas ausencias vuelvan a manifestarse.

“La esperanza es un asunto peligroso para alguien como yo, pero la tengo”, dice Lana del Rey en su canción de 2019. Parece difícil no sentir lo mismo que la cantante en el momento actual, pero en ocasiones también parece difícil poder llegar a compartir su esperanza. Guerras cada vez más habituales y violentas, el auge de autoritarismos, reaccionarismos y políticas que, bajo la bandera de una pretendida libertad, buscan, por el contrario, no reconocer e intentar reconciliar nuestra diferencia; ciudades y territorios cada vez más llenos de violencias de todo tipo, ecosistemas agotados ante las presiones extractivas del mundo contemporáneo… La arquitectura y las prácticas espaciales participan explícita, cínicamente o sin saberlo de estos procesos. Las nuevas prácticas y herramientas son absorbidas, en ocasiones, por los poderes dominantes, perdiendo su capacidad para ponerlos en cuestión o de transformar la realidad que nos rodea. La acuciante precariedad de los sectores creativos y de las prácticas activistas o críticas limitan, día tras día, la capacidad de transformación de muchos procesos espaciales de los que, queramos o no, formamos parte.

Aunque la Historia de la Arquitectura es un camino complejo, lleno de curvas, aristas, giros de guión, una amalgama de escalas, estilos, materialidades, espacialidades, culturas o escuelas, algo que ha cambiado poco o nada a lo largo de los siglos es el perfil de su cliente y su potencial destinatario. De los mecenas, comitentes y artífices renacentistas a los grandes promotores de la arquitectura moderna y contemporánea, el cliente —pero también usuario— de las famosas arquitecturas que han poblado manifiestos, revistas y medios han sido, mayoritariamente, hombres (seguro que) blancos, (necesariamente) adinerados, (probablemente) cultos y (presumiblemente) capaces. Si, de acuerdo con Léopold Lambert, la arquitectura es la disciplina que organiza los cuerpos en el espacio, lo ha hecho con rigidez, delimitando bien y el dentro y el fuera, construida principalmente a través de líneas y barreras que han privilegiado el acceso a determinados cuerpos, con determinadas capacidades, en determinados territorios.

Nos interesa encontrar las coordenadas del presente que habitamos para recorrer los múltiples futuros que contiene en su interior y hacerlo desde el espacio que compartimos en el aquí y el ahora, recorriendo su superficie, encontrando formas de navegarlo a través de diferentes voces.

Copia, corta, pega, traza, borra, customiza
En este mundo tienes todo lo que necesitas
Filtra, estira, modifica, explora, examina
La vida en virtual es más de lo que te imaginas
Chenta Tsai, Chique de internet.

En 1969, el grupo italiano Superstudio presenta por primera vez el Monumento Continuo, una cuadrícula blanca perfecta superpuesta al territorio hasta fundirse con el horizonte. Sobre diferentes paisajes planeaba la inmensidad de una arquitectura planetaria que abrazaba ciudades, encapsulaba bosques y levantaba nuevos acantilados de paredes brillantes mientras personas paseaban su superficie. Tras los collages, subyacía, sobre todo, una crítica a través de la forma de las pretensiones totalizantes del movimiento moderno. Una atinada demostración al absurdo de las posibilidades de la arquitectura1 y sus condiciones de producción que cincuenta años más tarde se desvela una distopía evocada a través de ciudades lineales en zonas áridas de la mano de prominentes arquitectos.

Una atmósfera sonora etérea acompaña a la figura de una chica mientras pronuncia “mi luz siempre ha sido celestial”, un estribillo repetitivo y magnético cantado con un timbre robótico. Rodeada de un halo, al fondo se entrevé un telón de fondo textil, entretejido, igual de sutil que los sintetizadores digitales y los sonidos rítmicos. La luz baña el interior de una esfera a través de círculos concéntricos mientras una cámara en mano recorre los pliegues de una tela brillante y sedosa. Los siguientes planos nos trasladan al exterior de lo que parece ser una especie de crisálida. El interior etéreo y luminoso contrasta con la maleabilidad plástica de formas imposibles de imaginar más allá de la pantalla de un software de modelado 3D, un híbrido de formas orgánicas, cables, secciones planas generadas por control numérico, decoración de bazar y protuberancias recubiertas por una misma pátina. Una superficie tan negra y brillante como la de la pantalla de un móvil.

Desde las prácticas aparentemente menores, denostadas por una modernidad arquitectónica y masculina, hasta su aplicación en grandes arquitecturas efímeras. Charlamos con Lluis Allexandre Casanovas Blanco, arquitecto, comisario e investigador de las capas de significado simbólico y material del ornamento, la artesanía y la arquitectura contemporánea.

Datos, aire y materia son los temas centrales de la trilogía que ha gestado Olga Subirós y sobre la que nos adentramos en este nuevo episodio, revelando las relaciones entre arte, materialidades, ciencia, pensamiento más que humano y arquitectura.
Este decimoprimer episodio del podcast Nuevas coordenadas y primero del bloque atmósferas nos reúne con la arquitecta, comisaria, investigadora Olga Subirós para hablar de los datos, el aire o las materias. Hicimos un recorrido por su trabajo, en el que, desde el comisariado, el diseño de exposiciones, la investigación o la edición de libros, lleva varias décadas abriendo el campo de trabajo de la arquitectura a realidades emergentes.

¿Qué tienen en común un misterioso dodecaedro de hormigón armado, una modernidad arquitectónica construida en tierra o el esqueleto pétreo de Torres Blancas? ¿Cómo podemos hacernos cargo desde la arquitectura de una condición inmaterial que entra de lleno en nuestros pulmones, nos rodea y calienta el planeta en el que vivimos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de modernidad fósil?
En el último capítulo de esta etapa editorial, nos reunimos con la investigadora Gemma Barricarte. Gemma viene trabajando las relaciones entre arquitectura, modernidad fósil e imaginarios extractivos, a través de su producción académica, pero también desde las artes visuales y escénicas y proyectos divulgativos. Con ella intentaremos saber qué hay detrás de algunos de los términos y procesos que aborda en su trabajo y cómo pueden ayudarnos a pensar en alternativas presentes y futuras.

En tiempos de sequía, cuesta encontrar voces y prácticas ejemplares que nos ayuden a navegar en la complejidad del momento presente. El trabajo curatorial, investigador, activista o docente de Ethel Baraona Pohl, y el de dpr-barcelona, la práctica editorial que dirige junto a César Reyes y Anne-Sophie de Vargas, no solo ha sido un modelo a seguir para les que, como nosotros, buscábamos formas comprometidas y heterodoxas de practicar la arquitectura más allá de la edificación. Es también un verdadero referente para entender los temas y problemáticas espaciales que aparecen hoy en ciudades, territorios y comunidades de todo tipo: comunes, participación, violencia, conflicto, cuidados, ficciones o futuros.