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La proximidad a una determinada presencia o al lugar en que se encuentra, surge al intuirse allí un interés común: la simpatía o afinidad con algo. Se contempla la posibilidad de alumbrar nuestro camino hacia un anhelo que tenemos como seres humanos. El maestro es alguien que con su actitud impulsa la Ley de la Expansión y sirve como medio para incorporarnos a ella, abandonando la reducción propia de determinadas formas mentales…Marsilio Ficino, el preceptor de Lorenzo de Médicis, escribió a uno de sus discípulos: “Se necesitan astucia y discernimiento ya que la liebre se esconde en una pequeña mata de hierba. Lo mezquino se esparce con facilidad mientras que lo útil se reduce a lugares muy concretos”. Saber situarse cerca de estos lugares es la condición de cualquier aprendizaje.

La arquitectura de Asplund nunca deja solo al visitante, le brinda un apoyo que no se impone, que llega casual, gratuito. No es habitual encontrar esa solicitud en otras arquitecturas, esa atención discreta — en absoluto servil o funcional sino cordial—, puesto que esas otras suelen oscilar entre la excitación nerviosa a los sentidos del visitante, el estimulo inquisitivo a la imaginación sorprendida, la subyugación admirada del público — o el simple desinterés tolerante hacia el visitante —.
Pues igual que ocurre en una arquitectura de Asplund se comporta este mismo libro respecto al lector, libros que éste puede sin duda haber conocido, libros familiares, que forman parte ya de la memoria de cualquier arquitecto. Es el propio lector quien va a dirigirse hacia Asplund, y en el trayecto hacia su arquitectura, es decir, en el texto de José Manuel López–Peláez, Asplund no va a quedar sustituido por una traducción escrita de su obra, una interpretación que lo resuelve, prende y desentraña — como ocurre en tantas otras monografías sobre la obra de algún arquitecto —, sino que el libro se convierte, por la oportuna memoria a sus predecesores, los otros libros, en un episodio más del camino con el que, desde generaciones, los arquitectos han acudido a la arquitectura de Asplund.
Josep Quetglas
