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Tetuán es uno de los distritos más heterogéneos, multicultural y con más desigualdad social de Madrid. Su fama de barrio conflictivo y posición privilegiada cercana al centro, hace de él un peligroso blanco como nuevo espacio a gentrificar. Es en este contexto social y en un escenario post pandemia donde nace el proyecto de MARIANELA.
El edificio, que se encontraba abandonado y en estado ruinoso, es característico del tipo de construcción original de este barrio, tradicionalmente obrero. Para huir de planteamientos especulativos y rígidos, el proyecto plantea unas intervenciones mínimas que permitan dotar al edifico de una nueva riqueza comunitaria sin por ello incurrir en costes innecesarios que penalicen el acceso a la vivienda. Es por ello que se interviene únicamente en la mejora de las condiciones de salubridad e instalaciones del edificio, zonas comunes y fachada, dejando las viviendas vacías y listas para que los futuros propietarios las adapten a sus necesidades.
La fachada como elemento de regeneración del barrio.
No se puede entender el valor de un edificio sin tener en cuenta su impacto y aportación al conjunto del tejido urbano. Es por ello que la fachada cobra especial importancia como agente regenerador. El nuevo color que aporta la cerámica pretende convertir el edificio en un hito en su calle y animar la imagen del barrio. Las medidas de los antiguos huecos desentonaban respecto a la proporción de la fachada, por lo que se colocan unas embocaduras de cerrajería que recuperan las dimensiones de la balconera clásica madrileña. Las plantas de las jardineras, que cuelgan por la fachada, se conciben como un modesto obsequio para el barrio, ya que contribuyen a incorporar más vegetación en la calle, disfrutable por todos los vecinos.
La decisión de revestir la fachada utilizando un material tradicional como es la cerámica se basa en dos razones:
La primera, por sus características técnicas, su durabilidad y su escaso mantenimiento y la segunda por rescatar la técnica de la azulejería urbana muy popular en Madrid a finales del siglo XIX-principios S.XX. El uso del color como “símbolo parlante” permitía a los comercios comunicarse con los viandantes sin necesidad de cartelería. En este sentido, el uso del verde que representaba la naturaleza (y mas concretamente fruterías y ganaderías) se emplea aquí para enfatizar la incorporación de vegetación tanto en fachada como en los huertos urbanos de cubierta.

Goians es la única parroquia de Carballo sin centro social. Los casi 500 vecinos de esta comunidad, caracterizada por su tradición panadera, deben desplazarse hasta la capital de comarca para disponer de un lugar de encuentro.
El proyecto del centro social en Carballo nace como respuesta a esta realidad territorial marcada por la despoblación y la dispersión. En un contexto donde las viviendas se encuentran aisladas y la vida comunitaria se diluye, el edificio se concibe como un gesto de reunión: un punto de encuentro físico y simbólico para la comunidad.
LA COMUNIDAD COMO ICONO
Situado en un pequeño valle visible desde las tres carreteras próximas, el edificio asume también una condición representativa, convirtiéndose en un referente reconocible para la parroquia. Formalmente, el proyecto representa la suma de distintas casas a dos aguas que, al unirse, conforman un único volumen. Esta agregación no es solo una decisión compositiva, sino una declaración de intenciones: la comunidad entendida como la suma de individualidades. Cada cubierta evoca la escala doméstica, reconocible y cercana, mientras que su unión construye una nueva identidad colectiva.
ARQUITECTURA POPULAR GALLEGA
La propuesta toma como referencia la arquitectura popular gallega —caracterizada por gruesos muros, pequeñas aberturas y cubiertas pronunciadas— reinterpretando estos elementos desde una lógica contemporánea. Este aspecto exterior cerrado y opaco, sorprende en su interior, donde los patios, el porche cubierto que se extiende del salón de actos y una serie de huecos estratégicos iluminan todas las estancias.
UNA LÁMINA DE HORMIGÓN PLEGADA
Una cubierta flotante de hormigón apoya sobre una planta cuadrada perfecta de 21 x 21 metros que concentra todo el programa. Como si de un folio de papel se tratase, la lámina de hormigón armado de 20 cm se rigidiza al plegarse, y se apoya únicamente en sus dos extremos.
MÍNIMO MATERIAL, MÁXIMO AHORRO
Con el fin de hacer la obra lo más eficiente y económica, la cubierta lleva el mínimo material: un proyectado impermeabilizante exterior rojo y un proyectado aislante de lana de roca interior. Ambos son, a la vez, acabados.
PLIEGUES POR PROGRAMA
El edificio alberga un salón de actos, un espacio expositivo y una pequeña cocina, organizados bajo una cubierta plegada de hormigón armado que unifica el conjunto. El pliegue cualifica los distintos usos mediante variaciones de altura y luz, manteniendo la continuidad espacial y la percepción de un único ámbito común.
Funcionalmente, el centro social se plantea como un espacio flexible y abierto, capaz de acoger reuniones vecinales, actividades culturales, talleres y celebraciones. Más que un equipamiento, el proyecto aspira a convertirse en un catalizador de relaciones, un lugar donde la vida compartida vuelva a tener presencia y continuidad. Un punto de encuentro para quienes ven en la cultura, una manera de natural de cuidar el territorio, crear vínculos y en definitiva vivir mejor en el entorno rural.
El edificio no solo ocupa un vacío físico, sino que aspira a activar un vacío social.

Su propuesta conjunta es una instalación —dentro de la feria de nuevo arte contemporáneo URVANITY— que investiga la creación de nuevos materiales y revaloriza los elementos en los que la evolución tecnológica y el reciclaje infinito cuestionan directamente la percepción existente de lo artificial.
El aspecto pétreo de los vinilos -una especie de granito reinterpretado- contrasta con la ligereza de las piezas: cortinas de dos milímetros de grosor que levitan sobre un triturado del mismo material. Este triturado es el origen del material, pero también su destino ya que, al final de la exposición, todo será reciclado y triturado, para volver a ser, muchas veces, el mismo vinilo.
Equipados con costuras y con apenas unos pocos milímetros de grosor, flotan ligeramente en el entorno, engañando al visitante y confundiendo lo real con lo artificial. A través de la instalación, se cuestiona la forma en la que los nuevos materiales se utilizan, y la tendencia hacia la imitación que denotaría una falta de cultura material o un exceso de influencia visual. Las nuevas generaciones están sobre-estimuladas por imágenes y este confort visual a menudo no se extiende más allá de la relevancia física de los objetos, su materialidad o propiedades. La paradoja del proyecto radica, al fin, en producir materiales innovadores para imitar materiales naturales, confiriéndoles propiedades que el original nunca tendría. Ese deseo de apariencia, de poseer elementos que normalmente estarían fuera de nuestro alcance, es en el que reside el éxito de la imitación.

Una antigua oficina, con más de 5 metros de altura, se presenta como una oportunidad para una reforma interior que aproveche al máximo la dimensión vertical como eje principal de la intervención. Para ello, el proyecto se inspira en el cubo de Soma, un juego geométrico que explora la interacción de piezas tridimensionales para formar una única composición compacta. Los volúmenes, maclados y ensamblados, permiten aprovechar la altura bajo cubierta, interrelacionándose entre sí e invitando a diseñar desde la sección. Cada volumen responde a un programa específico, y su disposición genera dobles alturas que dinamizan el espacio y ofrecen perspectivas únicas, alejándose de las soluciones convencionales en reformas.
La altura, que es la desencadenante del proyecto, es también un juego. Pensado tanto para niños como para adultos, el diseño ofrece una serie de escaleras y niveles que invitan a la exploración y al desafío. Cada cambio de altura es una oportunidad para jugar, interactuar y descubrir nuevas perspectivas. Este juego de volúmenes crea un espacio en constante transformación. Así, cada estancia se conecta visual y funcionalmente con las demás, favoreciendo recorridos que enriquecen la percepción del proyecto.
En el centro de la vivienda, un núcleo funcional de madera organiza y define todo el proyecto. Este elemento, que abraza los muros de carga, contiene todas las instalaciones y articula los espacios circundantes. Su presencia, tanto programática como estética, actúa como piedra angular de este falso cubo, cosiendo los volúmenes entre sí y rigidizando el sistema.
A nivel constructivo, la intervención se caracteriza por un diálogo entre lo existente y lo nuevo en el que el contraste entre materiales y la honestidad constructiva es empleada como elemento expresivo. Las principales intervenciones estructurales se dejan a la vista, revelando el pilar y la viga metálicos que sostienen la cercha de madera existente, así como el apoyo de dicha viga sobre el machón estructural. Los forjados de los altillos se construyen mediante un sistema invertido de vigas y viguetas, donde el canto de las viguetas de madera queda expuesto al colgar de un esquema metálico principal.
Este enfoque se lleva también a los cerramientos, dejando el sistema de ventanas en galandage del salón visto, evitando así trasdosados innecesarios y presumiendo de la sencillez del detalle.

El ático de 60 m2 se desnuda en su totalidad para dar cabida a una serie de estancias interconectadas que regulan sus niveles de intimidad gracias a grandes elementos de división. Así un pasillo que es a su vez habitación y estudio, se divide por una pared corredera que, gracias a su acabado en espejo duplica la sensación espacial de las estancias. De esta forma, el dormitorio se puede habitar en su situación de privacidad máxima o, por el contrario, estar abierto al resto de la vivienda. Por otro lado, la cocina es salón y es terraza, y viceversa, en un espacio tan reducido que sólo el mobiliario puede articular las funciones domésticas.
Este espacio neutro sólo se interrumpe con la creación de dos volúmenes que articulan y organizan la vivienda. El primero es el del baño, que abraza la cocina y distribuye sus instalaciones, y el segundo es el de almacenamiento, imprescindible para una vivienda de estas dimensiones.
Diseñada para un fotógrafo que vive solo, se retiran todos los revestimientos para uniformar suelos paredes y techos con acabados de mortero y yeso desnudos. Esta cámara uniforme acoge posteriormente una serie de elementos comisariados por el propietario, que contrastan con esta uniformidad, y relegan la intervención a un segundo plano, que busca desaparecer para dar protagonismo a estas piezas.
Al final de la vivienda, se rescata una terraza originalmente cerrada para enfatizar las vistas hacia el oeste de Madrid, la Plaza de España y el Parque del Oeste. Se conservan las vigas que sirven de soporte de las protecciones solares y se dota de una ducha exterior, iluminación y vegetación.