Buscando en el catálogo...

La exposición itinerante del Bosque Metropolitano está teniendo lugar en Madrid durante 2021 y 2022 con varios objetivos. El primero es el de exponeral público las ideas de los 5 ganadores y 4 finalistas del concurso internacional. El segundo, comunicarla mayor estrategia de sostenibilidad y resiliencia urbana de la ciudad, clarificando algunos de los procesos que se llevarán a cabo en el Bosque Metropolitano también desde la educación ambiental. Por último, y quizás se la parte más importante, se trata de detonar alianzas locales entre el Bosque y la ciudadanía de una manera más concreta.
Su primera puesta en escena se dio en mayo de 2021 en la intersección de la plaza del Maestro Villa y las confluencias de los caminos Paseo del Estanque, Paseo de Colombia, Paseo Bolivia y Paseo de La República Dominicana, en el Real Parque del Retiro de Madrid.
EL MAPA Y EL TERRITORIO
La exposición es una cartografía material y vegetal que reproduce el anillo del Bosque Metropolitano en una gran mesa de madera de 103m² sobre los que se presentan los proyectos, geolocalizado cada uno de ellos en su ubicación correspondiente.
Junto a la mesa se disponen dos acumulaciones de mulching, fibras trituradas provenientes de los árboles caídos durante la borrasca Filomena. Uno, de tono claro, confeccionado con las maderas recién cortadas, y otro, más oscuro, sometido a más tiempo en descomposición. Ambos montículos, “respirando” y desprendiendo calor en su proceso, hacen de la exposición una entidad viva, con textura y olores propios en constante cambio.
Completa el bodegón un jardín-bosque efímero de 42m² compuesto por diversas plantas, arbustos y árboles autóctonos y de pequeño porte de entre uno y cuatro metros de altura, dispuestos en cepellones de tierra que protegerán sus raíces durante el tiempo que dure la instalación. Son provistos por El Vivero del Retiro y Viveros Municipales de la Casa de Campo. Algunas de las especies que lo componen son el pinus halepensis, pinus pinea, pinus nigra, quercus ilex, quercus robur (forestal), aesculus hipocastanus, olmos saphoro, fraxinus angustofilia o la retama sphaerocarpa.
En lo material, la exposición está compuesta de tableros de madera contrachapada de pino. Las impresiones están realizadas para soportar la intemperie y garantizar la mejor resolución gráfica posible de planos, textos e imágenes, y cada proyecto tiene una versión digital, alojada en una página web municipal, a la que se accede mediante códigos QR.
Dado ese diseño vivo, su mantenimiento es ya en sí mismo una tarea distintiva del Bosque Metropolitano, señalando la delicadeza y el cuidado que requerirá el proyecto.
Montada en coordinación con los conservadores del parque de El Retiro y el Área de Gobierno de Medio Ambiente y Movilidad del Ayuntamiento de Madrid, y diseñada para itinerar por los diferentes distritos de la ciudad, la exposición Bosque Metropolitano se quiere, además de primera línea de diálogo en torno a una idea de futuro, un ejercicio de descripción, conocimiento y divulgación de la mayor estrategia urbana y medioambiental de la ciudad de Madrid.

Otra nave industrial de Carabanchel rehabilitada. Del lavado de coches a lo que puede ser un nuevo arquetipo arquitectónico. Espacios que hibridan usos domésticos con usos vinculados a la calle, de oficina o taller artístico, de acceso público a veces, de pequeña cafetería quizá, de exposición o eventos. Una casa como lugar ya no sólo donde encontrar privacidad e intimidad. Una casa con la que abrirse a la ciudad, un lugar donde el habitante construye su identidad social. Transformaciones que no sólo buscan adaptar un espacio en desuso a las necesidades modernas. Utilizar este proyecto como caso de análisis de un contexto, no sólo físico, también mental, económico, natural, urbano, arquitectónico, social y cultural. Extender el argumento de la tipología hacia el contexto social consiste en ser conscientes de lo que está ocurriendo. Del tejido productivo más próximo al objeto encontrado, de la asimilación de un contexto a la incorporación de nuevos contextos. Contexto como recurso, como idea ampliada, como oportunidad, como cambio.
En la casa fenomenológica, la apropiación del espacio es el impulso que determina el pulso arrítmico del loft. El loft neoyorquino de los años sesenta y setenta, puro espacio y aire, isotropía y metros cúbicos sin dotaciones específicas. El espacio continuo del loft interrumpido por objetos no encontrados: muros, puertas, muebles, volúmenes, balcones, barandillas, contraventanas, pilares, vigas. Objetos de una incipiente colonización del espacio. Apropiación cambiante e incompleta, improvisada e impredecible, experimental y lúdica. La memoria del loft traído al aparente desorden visual de unos objetos de distinta naturaleza material y cromática, camuflan el orden de la vida diaria gobernada por el funcionalismo. Color incorporado al material, adoptando su forma.
De la ventana a la calle que busca iluminación y ventilación pero que paradójicamente construye con sus rejas y persianas una distancia con la vida de la ciudad. De esa ventana a una fachada efímera. Una fachada definida por un cerramiento metálico como los de esa misma calle, pero que a veces se abre y se pliega sobre sí mismo. Una fachada efímera que ofrece una vista del exterior y admite la mirada hacia el interior. Abre su gran hueco hacia la ciudad o mantiene su parte inferior cerrada para dejar sólo la luz entrar por su parte superior. Después, otro cerramiento, de cristal, distintas capas de la dermis con la que esta tipología regula su apertura al mundo.
De la fachada efímera a la fachada sólida en el interior, la del nuevo patio. Una fachada clásica, con sus ventanas y sus contraventanas, que se abren y se cierran para regular la intimidad de los espacios más profundos, baños y otras estancias menores.
Entre medias, la celebración de un problema. Una serie de falsos pórticos ocultan instalaciones e irregularidades constructivas para devolver cierta isotropía al espacio, espacio fluido pero demarcado, un espacio o cinco espacios, límites ambiguos, espacios indeterminados a la espera de ser colonizados.
El arquetipo como fórmula para pensar en otras formas de vida contemporánea, otras formas de habitar la ciudad, otras formas de construir lo urbano y su vida social. Formas de apropiación de grandes cantidades de volumen, metros cúbicos sin cualidades propias, volumen superficial.

B34 se concibe como un contenedor abierto. Una cierta holgura, el espacio suficiente para que algo pase, quepa o se mueva dentro. Un lugar disponible. 170 m² de superficie cubierta y 30 m² de patio exterior conforman una estructura capaz de alojar distintos usos y programas a lo largo del tiempo; flexible, adaptable, no especializada. Un soporte más que una forma cerrada.
Desde la arquitectura, el proyecto es claro y directo: recuperar, abrir y condensar. Tres operaciones precisas que organizan tanto la intervención material como la lógica espacial.
Recuperar una estructura existente dañada y envejecida supone asumir la preexistencia como punto de partida, no como obstáculo. La intervención no borra su pasado, sino que lo hace visible: consolida, refuerza y expone. Las técnicas constructivas y los materiales originales, hormigones, fábricas, pinturas, se mantienen y se muestran sin artificio. La arquitectura actúa aquí como mediadora entre lo que ya existe y lo que puede llegar a ser.
Abrir el espacio a la luz y al clima transforma radicalmente la experiencia de un interior que se vuelve exterior. Un lugar antes sombrío, compartimentado y cargado ahora luminoso, fluido y ventilado. La construcción de un vacío se convierte en pulmón del espacio. A través de un gran ventanal en esquina, este espacio es extensión del movimiento interior y establece una relación directa con una naturaleza próxima y cambiante que introduce los tiempos climático y meteorológico en el de la arquitectura.
Condensar los espacios servidores en un único volumen compacto, un único espacio programado que libera el resto de la planta. Este núcleo, estrecho y largo, organiza las instalaciones, los almacenamientos y los usos secundarios, permitiendo que el espacio principal permanezca continuo, abierto e indefinido. Su piel es la del revestimiento: piezas cerámicas abombadas introducen una escala de lo táctil cercana al cuerpo.
El resultado es un lugar esencial, donde la arquitectura no impone un uso, sino que acompaña. Un espacio que respira y muta con el uso. B34 no aspira a ser un objeto acabado, sino un soporte disponible: un marco abierto para que las cosas sucedan.

La reforma de esta vivienda se ubica en una torre residencial de estructura de hormigón armado construida en 1968. Dos grandes vigas de 60 cm de canto y 4 pilares de hormigón atraviesan cada una de las viviendas de este edificio. La estrategia del proyecto consiste en desnudar una de esas viviendas hasta identificar sus elementos estructurales convertidos en piezas protagonistas del espacio.
A la capacidad organizativa de estos elementos se le superpone una caja central –la cocina– corazón y centro de la casa. Su giro respecto a sus ejes principales permite organizar las circulaciones de la casa con estrangulamientos y ensanchamientos del espacio para dar cabida a espacios de escalas intermedias. Se despliega un juego de planos y visuales cruzadas que se fugan hacia el horizonte exterior. Las puertas de suelo a techo, en su movimiento de ocultamiento y pivote, son los planos verticales que participan en el juego de límites que se desdibujan entre las distintas habitaciones de la casa. Los pilares metálicos con forma de cruz son las líneas en las que confluyen los distintos planos de puerta, alojando los mecanismos de apertura y cierre.
Los detalles que se encuentran a lo largo de la casa influyen en la comprensión, articulación y funcionamiento del espacio, entendiendo que su lectura se puede realizar también desde la materialización de los encuentros entre los diferentes materiales presentes: la madera, el hormigón visto, la cerámica y elementos metálicos. La renovación y adaptación de este apartamento se centra en los espacios para vivir y en preservar la esencia de una arquitectura que deja espacio para lo inesperado.


Entre curva y corte se construye un espacio de trabajo que no se limita a ordenar funciones, sino que ensaya una manera de habitar lo cotidiano. La sede se despliega en dos niveles longitudinales que comparten una misma huella y una misma lógica con distintas aproximaciones. Cada planta introduce un gesto preciso, casi primario, que organiza el espacio y le da sentido.
En la planta baja, una curva recoge. Un trazo continuo que abraza el corazón de la oficina, reúne miradas y concentra actividad. No impone límites, los sugiere. La curva articula un ámbito central que funciona como lugar de encuentro, un interior que quiere ser plaza, mientras a su alrededor se disponen espacios interiores de ese exterior, espacios menores en recorridos fluidos y relaciones transversales. Entre medias, el alzado de la plaza, una fachada con perforaciones puntuales regulan accesos y visuales, construyendo una arquitectura más basada en relaciones que en límites.
En la planta superior, el gesto se tensa. Un corte diagonal atraviesa el espacio y lo ordena desde la diferencia. Aquí, el trazo separa, delimita y define un interior dentro de él y un exterior fuera. Dentro, los espacios de concentración y trabajo individual. Fuera, un espacio sin programa capaz de absorber cambios, superponer usos y adaptarse a distintas intensidades de trabajo. El corte no fragmenta, sino que introduce una tensión productiva entre continuidad y barrera, entre proximidad y distancia.
Curva y corte se materializan a través de muros de pavés: densos y translúcidos a la vez. Pedirle a la materia que confirme una idea previa, la geometría. Elementos que filtran la luz, insinúan presencias y permiten que el espacio se perciba como un todo continuo en su separación, y otros materiales reconocibles. Granito, alicatado negro, metales y una paleta contenida de rojos y azules no aparecen como signos, sino como condiciones. La identidad del lugar se construye desde la materia. Materiales que no se representan: operan. La materia deja de ser acabado para convertirse en estructura ambiental, en memoria activa que sostiene el espacio y lo vincula a una historia sin necesidad de nombrarla.
Entre la curva que acoge y el corte que ordena, el espacio encuentra su equilibrio. Un lugar de trabajo que no solo responde a una organización eficiente, sino que propone una experiencia compartida, atenta a la luz, al movimiento y a la materia como portadora de identidad.



A veces se necesita más de lo que parece caber. Una cocina triangular parece haberse revelado contra la ortogonalidad que parecía dictar la preexistencia y nuestras costumbres, y nos preguntamos, sorprendidos de haber hallado con ello el espacio suficiente, cuál es el poder de la geometría, sus razones internas y su lógica de funcionamiento.
La geometría euclidiana nos explica que la distancia más corta entre la esquina de una habitación y su opuesta es la diagonal invisible con la que la recorremos. En nuestros proyectos a veces no es así, esa diagonal es la elongación de la línea que quiere crecer, es la línea que alberga el espacio suficiente para aquello que no parece caber. Y, a veces no tomamos el atajo, necesitamos dar un rodeo, recorrer los otros dos lados del triángulo para hacernos hueco en ellos. No sabemos identificar el sentido de estos giros, paralelismos y desvíos, y concluimos que todo esto es un disparate, o un misterio.
Quizá el dibujo tenga en su lenguaje el poder de la intuición, quizá sea un mecanismo onírico capaz de despertar en nosotros mundos ocultos, subjetivos y absurdos. En la superposición de la casa que era antes, con la casa nueva, y aquello que permanece intacto, encontramos a la geometría haciendo su juego de palabras. Con su gracia nos muestra casas homónimas, dos casas en una misma ubicación, casas con dobles sentidos que nos ofrecen dibujos equívocos en planta, y en cuya superposición temporal vemos su polisemia, su poder ser esta casa o la otra y las dos a la vez, en un tiempo acumulado de historia o una historia sin tiempo que nos mete al gato de Schrödinger en casa. Juegos de palabras, juegos del lenguaje, juegos que niegan la realidad dada, y nos invitan, como Alicia, a jugar a ser afectados por el espejo haciendo lo contrario de lo que queremos hacer: gritamos para hablar en voz baja, recorreremos el camino de vuelta para llegar más lejos, y nos giramos para ver las cosas rectas.
Por eso, aunque la distancia más corta entre dos puntos sea la recta, en nuestra arquitectura a veces la distancia más corta –y sobre todo más certera– es un rodeo.

Rejillas de ventilación de catálogo, varillas roscadas, tuercas, muelles y un aro para colgar una cortina. Un objeto de materiales comunes pensados para otros fines y que, al ser desplazados de su contexto habitual, revelan otras capacidades.
La lámpara nace de esa operación mínima. Frente a la producción de formas, aparece la selección, el ensayo, el montaje y la edición. Un trabajo de collage con aquello disponible. Mirar las características materiales y formales de una cosa por encima de sus fines pensados. Ir a la cantera más próxima, obramat, y buscar, encontrar, dudar, por qué no, quizá esto sí.
Entre reducir, reutilizar y reciclar, aparece también un “rescatar”: resignificar y pensar un nuevo destino para algo que tiene otro pensado. No negar su función original, sino suspenderla momentáneamente. Más que un objeto cerrado, la lámpara es un estado provisional. Podría desmontarse fácilmente y sus piezas volverían a cumplir otras funciones. Nada queda fijado de manera definitiva. No hay adhesivos irreversibles, ni procesos complejos. El ensamblaje es reversible, didáctico. Cada gesto se entiende. Cada decisión se puede rastrear. El objeto no impone una forma cerrada, sino que propone una configuración posible entre muchas otras.
Trabajar con lo disponible implica asumir restricciones claras: medidas fijas, acabados industriales, tolerancias no controladas. Limitaciones que definen un marco fértil. Decisiones precisas sin gestos superfluos. Cada elemento debe justificar su presencia. Una arquitectura serie B, oportunista, inteligente, que aprovecha el residuo, la nocturnidad, coge lo que hay y lo exprime para hacer de uno, dos.
Esta condición provisional conecta con una manera de entender el diseño más cercana a lo arquitectónico que a lo objetual. No se trata de producir piezas autónomas, sino de producir un tipo de mirada. Una arquitectura del readymade, que utiliza lo ordinario y lo junta de nuevo. La lámpara no aspira a durar eternamente, sino a existir mientras sea necesaria, mientras tenga sentido. Su valor no está en su permanencia, sino en su capacidad de activar una mirada distinta sobre lo cotidiano. Una invitación a mirar de nuevo. A atender a los objetos comunes. Operaciones menores, de pequeño alcance material y gran capacidad para activar nuevas lecturas de lo ya construido.


Reformar no es sólo corregir. Es descubrir, desarmar certezas y proponer otras formas de habitar.
La casa ya no se defiende del exterior. Una vista se abre donde antes había un muro ciego. La casa se despliega en todas direcciones, se conecta con la ciudad, con la luz. El horizonte, antes fragmentado, ahora se recorta en grandes paños abiertos.
En planta, una diagonal irrumpe en la estructura original, un reflejo de una estructura existente. Desvía recorridos, desplaza ejes, rompe la rigidez de la ortogonalidad heredada. Lo que eran límites ahora son transiciones.
Reformular la casa es repensar su equilibrio programático. No se trata de abrirlo todo sin medida. Diseñar no solo el objeto, sino también el vacío: las relaciones, las circulaciones, los estrechamientos y dilataciones. Planos que se desplazan, puertas que no son barreras, sino umbrales. Espacios que cambian según el momento, que se diluyen, desbordan o comprimen. Espacios líquidos en su estado más fluido. La personalidad de la casa acompañando los estados de ánimo de las personas que la habitan. Momentos de expansión que preceden a otros de recogimiento.
Pedirle a la materia que confirme una idea es proyectar sobre la materia. Cuando el proyecto antecede a la materia con la que acaba por construirse. Definir primero una idea y después el material con el que formalizarla. La materia como medio. La materia ejecutando. Podría ser esto, o lo otro. Y entonces aparece la madera como solución adecuada. Madera como abstracción, como textura en plano geométrico, como todo lo contrario a lo que es en su estado natural. Tecnología aplicada. Tan parecida al acero inoxidable.
Y luego viene el color, y los colores, que singularizan, delimitan donde no hay límites, señalan, y se hacen oír. Más color.
El riesgo calculado está en cada gesto. Respetar lo que la casa era sin miedo a transformarla. Desafiar la lógica constructiva sin traicionar su esencia. Nuevos objetos y materialidades que conviven con la preexistencia. Mantener la memoria para permitir un futuro.
Reformar no es sólo corregir. Es descubrir, desarmar certezas y proponer otras formas de habitar.
La casa ya no se defiende del exterior. Una vista se abre donde antes había un muro ciego. La casa se despliega en todas direcciones, se conecta con la ciudad, con la luz. El horizonte, antes fragmentado, ahora se recorta en grandes paños abiertos.
En planta, una diagonal irrumpe en la estructura original, un reflejo de una estructura existente. Desvía recorridos, desplaza ejes, rompe la rigidez de la ortogonalidad heredada. Lo que eran límites ahora son transiciones.
Reformular la casa es repensar su equilibrio programático. No se trata de abrirlo todo sin medida. Diseñar no solo el objeto, sino también el vacío: las relaciones, las circulaciones, los estrechamientos y dilataciones. Planos que se desplazan, puertas que no son barreras, sino umbrales. Espacios que cambian según el momento, que se diluyen, desbordan o comprimen. Espacios líquidos en su estado más fluido. La personalidad de la casa acompañando los estados de ánimo de las personas que la habitan. Momentos de expansión que preceden a otros de recogimiento.
Pedirle a la materia que confirme una idea es proyectar sobre la materia. Cuando el proyecto antecede a la materia con la que acaba por construirse. Definir primero una idea y después el material con el que formalizarla. La materia como medio. La materia ejecutando. Podría ser esto, o lo otro. Y entonces aparece la madera como solución adecuada. Madera como abstracción, como textura en plano geométrico, como todo lo contrario a lo que es en su estado natural. Tecnología aplicada. Tan parecida al acero inoxidable.
Y luego viene el color, y los colores, que singularizan, delimitan donde no hay límites, señalan, y se hacen oír. Más color.
El riesgo calculado está en cada gesto. Respetar lo que la casa era sin miedo a transformarla. Desafiar la lógica constructiva sin traicionar su esencia. Nuevos objetos y materialidades que conviven con la preexistencia. Mantener la memoria para permitir un futuro.

Emplazada en el interior de una parcela del barrio de Carabanchel, el acceso a esta recóndita vivienda requiere atravesar un patio de manzana rodeado de casas bajas, pequeñas construcciones de una única planta y tejados rojizos a un agua. Un entorno que remite a otro lugar y a otro tiempo. Si bien tal vez no a otra época, sí a otro ritmo, a una cadencia que va dejando la ciudad en suspenso.
Este suspenso y aplomo se enuncia en la propia naturaleza vertical de la vivienda. En el interior, el proyecto busca resolver esa tendencia a través de un único cuerpo que concentra las instalaciones de la casa y su equipamiento básico: un mueble que es en su primera cara cocina da lugar en su dorso a una escalera, esconde un baño y encima monta un altillo.
El desarrollo de planta es escaso, apenas treinta metros cuadrados de huella, pero la altura alcanza casi los siete, que se logran subiendo uno, dos, tres tramos breves de escaleras, para encontrarse primero con un altillo-despacho en tablero de DM verde que en su inversión cromática señala el lugar como casa del árbol.
La elección de los materiales empleados en crudo, acerca la intervención a una materialidad que parece la más pertinente a las sucintas dimensiones del lugar, propiciando en él rincones que dialogarán con los cuerpos habitantes, templando los espacios movimientos y conductas humanas.
En la entreplanta, más cercana al techo que al suelo, en vecindad con la estructura de vigas y bovedillas, la vista alcanza medio Madrid a través de los amplios ventanales, mientras la escalera, que era sólida en su base para ofrecer almacenamiento, se aligera en este segundo tramo para invitar la entrada de la luz del sur.
El siguiente paso, siempre ascendente, es el dormitorio, una estancia hermanada a una terraza franca y tajante en su falta de ceremonia, veinte metros cuadrados, el espacio más amplio de la casa, que se resume como un salón de estío abierto en balaustrada al horizonte dual de la sierra y la metrópoli.


Como la orquídea y la avispa, la casa establece una relación activa con quienes la habitan. No es un fondo neutro, sino un organismo sensible, con inercias, resistencias y preferencias. El espacio dirige, sugiere y condiciona; aprende de nuestros movimientos y, al mismo tiempo, los dirige en una organizada coreografía. Habitar es una negociación constante entre el deseo humano y la voluntad silenciosa de la arquitectura.
El proyecto nace de esa escucha. De atender a lo que la casa pide y a lo que sus habitantes necesitan. La arquitectura no se impone, reacciona. Cada decisión es una respuesta precisa a estímulos cruzados: la preexistencia, los usos, los ritmos cotidianos, los gestos repetidos. La casa habla a través de sus encuentros, de sus tensiones y de sus vacíos, y el proyecto se construye desde esa conversación.
Toda la intensidad se concentra en una esquina, en la manera de ordenar una unión. El proyecto está en las juntas. Desde un recibidor alicatado con piezas naranjas. Un umbral casi ritual que invita a cambiar de estado mental. Nacimiento de una escalera que estructura la casa. Un pilar azul emerge como apoyo y referencia, sosteniendo el siguiente tramo y marcando una continuidad vertical.
Las escaleras de un microcemento azul recorren la vivienda desde el sótano hasta la planta de habitaciones, atravesando salón y cocina. Más que un elemento funcional, se convierten en la columna vertebral del proyecto. Cada tramo introduce una variación, cada encuentro con el pavés, el alicatado o la luz genera una fricción medida. Subir y bajar deja de ser un gesto automático para convertirse en experiencia espacial.
En esta misma lógica de relaciones aparecen ventanas. Una ventana hacia el jardín, que se ha desplazado ligeramente en un movimiento disimulado que pretende pasar desapercibido. Una pequeña desfachatez con la que pretende escaparse de su encuadre anterior. Otra ventana, no como apertura directa al exterior, sino como un umbral intermedio: una ventana que mira a otra ventana, una ventana de interior que mira a su homónima exterior. La luz atraviesa capas, rebota, se filtra, y el baño adquiere una leve condición exterior en su ser interior. La calle se intuye más que se muestra, introduciendo aire, distancia y una sensación de exterioridad que amplía el espacio y diluye sus límites.
La casa se construye así como una superposición de melodías: la del espacio que propone y la del habitante que responde. Transcodificaciones constantes entre geometría, materia y uso. Nada busca una imagen cerrada; todo permanece ligeramente abierto, disponible para ser reinterpretado con el tiempo. La arquitectura no fija comportamientos: los acompaña. Habitar aquí es entrar en una relación viva, siempre en proceso.

“The journey of materials must not stop” Adam Dickinson.
Piedra del río próximo, madera caída de los bosques de la zona, o retales de una obra. De vuelta a los métodos previos a la construcción moderna, a utilizar lo que está cerca y a mano, lo que hemos dejado de ver por su cotidiana presencia o incluso lo que no tiene valor.
Hacer valer para uno mismo lo que para otros no es de provecho, buscar la idoneidad de las cosas, dejar de atender su morfología para ver sus propiedades materiales. Permitir que en la arquitectura los materiales puedan expresar sus propiedades y su capacidad, y que en esas cualidades oriente la aparición de nuevas formas. Entre las lógicas del reducir, reutilizar y reciclar, existe también un “volver”. Un rescatar, resignificar y pensarle un nuevo destino a algo que ya lo tuvo. Conferir a esa pieza otros fines también legítimos.
Esta, es la historia de un instante, un momento en el que ciertos elementos se juntaron para crear ese momento, y seguir con sus vidas después. Una cena alrededor de una gran mesa que duraría lo que durase este momento. Un momento, por favor. Unos bloques de hormigón que sobraron al construir ese muro, y unas planchas de tramex de una obra que aún no se van a instalar. La cercha. Con unos cables de acero colgamos las planchas de la cercha, y con unas cinchas atamos a los contrapesos que hacen los bloques, y en un momento, aparece lo que podría ser una mesa que no se apoya abajo sino arriba, un columpio con frenos de hormigón, que mañana será muro, suelo, o polvo. Una mesa eventual, sin morfología de mesa, enunciada en la suma de sus elementos, productos industriales ideados para otros fines.
Una mesa con agujeros, no del todo práctica, no del todo cómoda, y que nos hace reflexionar sobre la comodidad, ese término construido culturalmente a través de las expectativas, rutinas y modas. Formas de evitar la necesaria fricción entre la arquitectura y el usuario. Por eso, de una mesa con agujeros, un menú para sus cavidades. Se comerá lo que no se cuele por sus agujeros o se ajuste a ellos, también lo que podamos apoyar sobre las baldosas que sobraron del baño, y que también sirvieron de carta de invitación. De la fiesta los nuevos restos, la cera de las velas naranjas derramadas sobre los bloques añaden una capa de historia en el camino de los materiales.
Trabajar con la piedra del río próximo, o con la madera caída de los bosques de la zona, con los residuos de obra acumulados en el estudio, con lo que dejamos de ver porque en el verlo todos los días se nos hace invisible. Jugar con lo disponible, experimentar bajo el escrutinio económico. Pensar desde las baldosas encontradas, el cemento y la piedra, restos que ni siquiera ostentan categoría de ruina. Un método que busca en la inutilidad de las cosas una nueva ética de la atención, figurar sus posibles futuros más allá de un pasado que los determine y, en las periferias de la convención, fertilizarlas con ideas sencillas y concluyentes, adecuadas tanto a su fatiga material como a su alegre resurgir práctico. Operaciones menores de una arquitectura menor, acciones de pequeño alcance pero gran efectividad para la construcción de espacios dentro de los ya construidos.