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Cualquiera que pase por una escuela de arquitectura, y más si pasa por los cursos iniciales, descubrirá que uno de los últimos reductos de la juventud para ejercer la rebeldía no es el pasillo y sus pintadas; o la cafetería y sus asambleas, sino la negativa a someterse a los formatos de entrega de las diferentes asignaturas. Los estudiantes se quejan, antes que del esfuerzo, de los formatos de las entregas que les encorsetan y obligan. El formato, o la rebelión contra él, me refiero, se ha convertido en el último espacio claramente rastreable y compartido durante generaciones en los estudios para ser arquitecto… Que un trabajo deba ser entregado en DIN A1 o DIN A4, se vuelve un objeto de discusión acalorada. Si es en formato vertical u horizontal, otro tanto, y si el archivo a subir debe ser único o en Pdf, puede acabar en verdadera inquina hacia los docentes. En esas ocasiones uno no tiene más remedio que acordarse de que para discutir un formato, lo mejor es cargarse de razones, echarle imaginación, o verdadero talento…

El libro "Óscar Miguel Ares. Arquitectura 2013-2023" presenta una década de trabajo del arquitecto vallisoletano, destacado por su compromiso con la revitalización de la España despoblada y su enfoque sostenible en el diseño arquitectónico. A lo largo de sus 176 páginas presenta una selección de sus proyectos más destacados, como la Residencia de mayores y centro de día en Valladolid, la Rehabilitación del parque de Los Jardinillos en Palencia, la Piscina municipal de Castromonte y la casa FA entre otros, desarrollados con fotografías, textos, planos y detalles constructivos. Incluye una entrevista con Santiago de Molina, y textos de Jaume Prat y Anna y Eugeni Bach que analizan su arquitectura desde diferentes ángulos. El manifiesto de Ares, "La España despoblada", da inicio al libro, exponiendo su conexión con el medio rural y la necesidad de equilibrar oportunidades entre ciudades y pequeñas poblaciones alejadas de los centros de poder, exponiendo así su visión sobre la justicia espacial y el equilibrio en las oportunidades de equipamientos y recursos energéticos. La obra de Ares se caracteriza por una profunda conexión con el entorno y el patrimonio local, integrándose armoniosamente y prestando especial atención al paisaje y a la utilización de materiales y técnicas tradicionales. Su arquitectura va más allá de los ideales vitruvianos y de los lenguajes efímeros, enfocándose en "hacer lugar", en generar espacios de relación y domesticidad. Su trayectoria representa un compromiso político y una militancia con la cultura local, que no es más que el arraigo a la tierra, el equilibrio de sus gentes con el medio ambiente y el empleo de técnicas y materiales de la zona.

La arquitectura anda revuelta y nadie entiende a nadie. La novedad se ha acelerado aún más (o tal vez sólo somos más viejos), y así andamos.
Sin embargo, y pesar de la confusión general, existe una consciencia general de que la arquitectura se enfrenta a un momento clave. Ya se han levantado las barricadas ideológicas para el siguiente envite contra la propia arquitectura. Y aunque no sabemos aún por dónde llegará la solución, el tablero ideológico sobre el que se debatirán los siguientes movimientos está cada vez más claro. El argumento de este penúltimo ataque es doble (mientras, por cierto, la crítica sigue hurgando con las uñas sucias en sus propias tumoraciones): La arquitectura, cualquiera que se levante, contamina. Ningún arquitecto medianamente responsable, medianamente comprometido, debiera construir un nuevo edificio. Aunque sea con la promesa de que el resultado obtenga un certificado ribeteado con orlas doradas de una tripe A. Lo que se haga, sea lo que fuere, consumirá una cantidad de medios obscenos e infringirá un daño energético sobre el planeta completamente contrario a la mínima ética. Fin del asunto. Si acaso, podrá admitirse la rehabilitación, última forma tolerada para actuar en el mundo de la edificación. Eso sí, que no sea con hormigón, material que emite toneladas de inaguantable CO2, ni con materiales que viajen por el mundo en contenedores transoceánicos, o con aquellos cuya extracción ahonde en un desequilibrio territorial o de explotación de recursos que no sea cuidadosamente sostenible…

Hoy hablaremos del sudor, de la esperanza, de la ansiedad, del narcisismo y, por supuesto, de la fama. Sin dejarnos nada, ni un paso, en esa indestructible cadena de montaje. Hoy hablaremos del cruel vínculo entre los TFM (o, para los no entendidos, los Trabajos Fin de Máster con que se culminan muchos títulos universitarios) y “La voz Kids”, o “Master Chef”, tanto da.

La historia de la arquitectura está sujeta a revisión constante; sin embargo, nuevas formas de examen han adquirido recientemente una importancia tal que hacen tambalear sus propios cimientos.
Hace no mucho la universidad de Yale anunció que uno de sus cursos sobre historia del arte era demasiado “blanco, masculino y occidental” como para no replantear su enseñanza por completo1. El escándalo, siempre amplificado por los tabloides, no se hizo esperar. Pero lo cierto es que los signos de los tiempos y en especial el mercado de la universidad estadounidense se encuentra en un momento de especial y contagiosa esquizofrenia. ¿Cómo enseñar historia del arte en una universidad donde al menos la mitad de su clientela no encaja en esos parámetros? Y más profundamente, ¿cómo defender los valores de la multiculturalidad cuando incluso la propia política del país que acogen esas enseñanzas trata de establecer fronteras para evitar la riqueza y mixtura cultural que aporta la inmigración?

“Un tiro en el pie”. Así ha calificado la crítica más sesuda la sincera y descarnada correspondencia hecha pública entre David Chiperfield y Jaques Herzog. En ella el arquitecto inglés le preguntaba a su colega sobre qué pueden hacer los arquitectos ante el cambio climático, ante las desigualdades sociales, y ante la actual pandemia cuando incluso la clase política tienen un comportamiento vergonzante. La respuesta del suizo ha sido de una claridad meridiana: “nada”1. “¿O es que conoces algún momento en la historia de la arquitectura donde el arquitecto haya contribuido a resolver los temas cruciales de la sociedad?”…

Decir que las profesiones del futuro no están aún inventadas resulta un cliché ocioso. Su posible enumeración es todavía imprecisa y en su mayor parte se encuentra orientada a campos tecno-futuristas: asesores de privacidad, especialistas en agricultura urbana, ingenieros de control del clima, fabricante de partes del cuerpo personalizadas, ingenieros de transporte inteligente, diseñadores de avatares holográficos, guías de turismo espacial, cultivadores de especies extintas, operadores de gusanos de vertedero… Sin embargo y entre todas esas labores de futuro, a menudo se olvida que una de las más arriesgadas y necesarias tal vez sea, (y como puede comprenderse se trata de una apuesta), la de la arquitectura.


Nadie ha dictado el acta de defunción de la “arquitectura del espectáculo”. Pero lo cierto es que en los últimos años el número de obras cuyo objetivo principal era el mero impresionar, el causar un impacto masivo e indiscriminado en la retina, se ha reducido drásticamente. Tal vez, la tumescente crítica de arquitectura haya logrado por fin sus objetivos a la hora de denunciar sus abusos. Aunque quizás resulte más verosímil pensar que, como fenómeno, la arquitectura del espectáculo no fuese más que una tendencia que recorre la historia y que no hace sino aflorar y autoextinguirse, sin llegar desaparecer por completo…

Al hilo del reciente nacimiento de la revista VAD, (ramificación de la bien conocida página Veredes) y en cuyo lanzamiento he tenido el honor de participar, uno se pregunta si tiene sentido el lanzamiento de otra revista más dada la complejidad del actual panorama de la investigación en arquitectura. (Aunque el hecho de haber participado en su primer número ya adelanta que la pregunta es una licencia narrativa).

El mundo entero recordará dónde o con quien estaba mientras se quemaba la Catedral de Notre Dame. Mientras ardía, toda la humanidad ha podido sentir como propia una pérdida tan difícil de explicar como cierta. ¿Por qué secreto mecanismo dramático en el derrumbe de la flèche resonaba también la caída de otras torres a miles de kilómetros?

La concesión del reciente premio Pritzker al nonagenario Arata Isozaki, sumado a casos anteriores otorgados casi a título póstumo, dan que pensar en la evidente incapacidad profesional del mundo de la arquitectura para hablar de otra cosa que no sea el pasado. Aunque tal vez no solo suceda con los premios Pritzker. Tal vez ese llegar tarde sea un mal más extenso…


Ninguna multitud de autores se abalanzó nunca sobre la “muerte del autor” a manos de Roland Barthes. Ningún arquitecto, que yo sepa, se agolpó a la puerta del estudio de Koolhaas cuando declaró “muerta la arquitectura”. Tampoco, mucho antes, cuando se declaró “muerta la novela” ninguna manifestación de novelistas se congregó por las calles de París.

El paso de los años nos ha permitido ver enterrar a los viejos críticos. Y con ellos a la crítica de arquitectura.
Sin relevo ni sucesores, el hueco dejado por aquellos barbudos de los años setenta dedicados a teorizar sobre el presente a la vez que ponían sus ojos en el futuro, ha quedado en manos de nadie. Mientras la arquitectura ha atravesado páramos yermos y llanuras, picos y valles, como si nadie vigilase su corriente ni explicase el motivo de sus desbordamientos y sus sequías.


Hace unos días la ONU firmaba una resolución sorprendente sobre la preservación del patrimonio. La Directora General de la UNESCO, Irina Bokova, explicaba: “La destrucción deliberada del patrimonio es un crimen de guerra, se ha convertido en una táctica para desgarrar a las sociedades a largo plazo, en una estrategia de limpieza cultural”1. La resolución 2347 dice que defender el patrimonio es un asunto de seguridad mundial. Equiparable al terrorismo o la guerra e inseparable de la defensa de la vida humana.



¿Sabe alguien cómo se aprende hoy arquitectura?, ¿alguno de los alumnos de las diferentes escuelas donde se expele el título de arquitecto sería capaz de hacer una descripción verosímil de su aprendizaje?… La respuesta, curiosamente, no sería inmediata ni para un estudiante, ni para los profesionales de la docencia, ni siquiera para cualquier escuela que se precie de enseñar algo. Paradójicamente esto no resulta escandaloso porque a efectos prácticos ese aprendizaje se produce1.

Aquel viejo comienzo de misivas, textos y comunicaciones que se daban entre colegas de profesión es visto hoy por muchos con nostalgia y por otros como una fórmula hueca.

Choca que semejante atrevimiento de título perteneciese a un momento en que aún no existían esos maestros. Choca más aún que se empleara para inaugurar una institución que aparentemente quería fundar la modernidad. Choca aún hoy, que Walter Gropius encargara semejante lección a Johannes Ittenpara dar comienzo, nada menos, que a aventura pedagógica de la Bauhaus, el 21 de marzo de 1919.