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Las dinámicas económicas que rigen nuestras sociedades a menudo atentan directamente contra las relaciones de equilibrio metabólico de los ecosistemas que las sostienen. El territorio solo se concibe desde su rentabilidad productiva, propiciando su depredación mediante el uso intensivo del suelo.
Ibiza es un caso paradigmático de la presión que ejerce el turismo sobre el territorio, en este caso acentuada por su condición insular. La Vénta de Can Escandell propone revertir la dinámica de desequilibrio ambiental del territorio, proponiendo un modo de habitar que sea coherente con las lógicas metabólicas y las relaciones cíclicas del territorio y los ecosistemas que lo nutren.
El ámbito de proyecto se sitúa en una posición estratégica como área de transición entre el entorno natural de Vila y el centro de la ciudad. Can Escandell es uno de estos grandes espacios que conforman esta nueva infraestructura verde para Ibiza, un sistema en el que las actividades humanas convergen con los ecosistemas del territorio. Bajo esta lógica, el espacio público no puede ser entendido como el negativo del espacio construido, un vago lugar de recreo y reposo entre edificaciones sino como un espacio estructurado, activo y complejo.
La estructura cíclica de la propuesta no se entiende sólo en términos ambientales, energéticos y territoriales sino también desde una perspectiva temporal. El proyecto se apoya en el legado tradicional de la isla, proponiendo la reinterpretación de la vénta ibicenca en términos contemporáneos.
La vénta constituye la unidad mínima de la organización territorial propia de Ibiza, caracterizada por disponer históricamente de una población muy diseminada, sin grandes núcleos urbanos a excepción de Vila, distribuyéndose históricamente por el territorio en casas payesas. Una agrupación próxima de estas casas, organizada para realizar tareas comunitarias –labores agrícolas, de vigilancia o de construcción– y actos festivos, formaba una vénta. Este término adquiere con el tiempo una alta significancia territorial y de pertenencia a una comunidad.
Partiendo de la vénta, la propuesta pretende actualizar ambos conceptos: una relación equilibrada con el territorio y una comunidad inclusiva y cohesionada. No se plantea el edifico como la suma de unidades de vivienda, sino como un conjunto coherente y versátil que constituye una escala de relación intermedia entre los habitantes y su entorno.
Con una profundidad edificable de 16 m, se considera conveniente la introducción de atrios alrededor de los cuales se organizan las viviendasen las plantas tipo, contribuyendo a la mejora de sus condiciones ambientales y facilitando su flexibilidad tipológica. En planta baja estos atrios disponen de vegetación y contribuyen a generar unos accesos y espacios comunes amplios, luminosos y confortables.
La propuesta ofrece una tipología de vivienda que es capaz de dar respuesta a la creciente diversidad de familias y modelos de convivencia y a su vez de transformarse sin necesidad de grandes modificaciones constructivas, adaptándose al paso del tiempo y al cambio de circunstancias vivenciales de sus habitantes. Cada vivienda cuenta con espacios equilibrados en tamaño y proporción –todos ellos cuentan con más de 10 m2– promoviendo así la no jerarquización de estos espacios y su autonomía espacial.
La cocina y baño se agrupan en un lugar central, de manera que no condicionan el uso del resto de la vivienda, aprovechando al máximo los planos de fachada y el atrio para colocar los espacios con una mayor proyección de flexibilidad. Así pues, no sólo todas las viviendas disponen de ventilación cruzada y óptimas condiciones de iluminación, sino que cada uno de los espacios la conforman disponen a su vez de ventilación cruzada e iluminación de manera simultánea desde las fachadas y desde el atrio.
A nivel climático, el edificio incorpora soluciones pasivas singulares complementadas con estrategias de consumo energético prácticamente nulo. La principal estrategia pasiva es el atrio. Su presencia es fundamental no sólo para la organización espacial de las viviendas, sino también como como principal estrategia de control climático. El atrio modera las condiciones térmicas e higrométricas del edificio, manteniendo unas condiciones climáticas idóneas, asimilables a las de un día de primavera, a lo largo del año.
A nivel constructivo, la estrategia pasiva se traduce mediante el uso de materiales con gran inercia térmica, como es el caso de la termo-argila o la utilización de elementos tradicionales de control climático, como la colocación de persianas, que permite filtrar la radiación solar o la colocación de ventiladores para aumentar la circulación del aire.

El Caño de Hierro es una formación rocosa sobre la cual se asienta el núcleo urbano de Hornachuelos, un pueblo cordobés situado al borde de la sierra que lleva su mismo nombre, asomado desde la lejanía a la vera del Guadalquivir.
Las cuevas del caño de Hierro, que antiguamente se utilizaban como refugio y como almacén de excedente agrícola, estuvieron sepultadas bajo runa y maleza durante largas décadas, y sólo se mantuvieron vivas en el recuerdo de los mayores del lugar. Nos hablan de otros tiempos, otros ritmos, otra manera de vivir. Su puesta en valor se enmarca en una operación que tiene el objetivo de recuperar el patrimonio de Hornachuelos para sus vecinos y reivindicar su enorme riqueza natural, histórica y arquitectónica.
Para la puesta en valor del Caño de Hierro se propone un paseo peatonal, que parte de la carretera de acceso al pueblo y que culmina en la mayor de las cuevas, la Cueva de las Carretas. El paseo debe salvar los nueve metros en altura y el margen en superficie para resolver el ascenso es limitado. Se trazan seis muros de contención, seis cortes en el terreno, de los cuales resulta el paseo peatonal, un trazado geométrico que resuelve el ascenso y la transición de una vía rodada a un entorno natural, agreste.
El Caño de Hierro es un paisaje de una gran belleza plástica. Su gama de amarillos va tornándose en marrones a medida que el día avanza y el Sol cae. Sus huecos y sus protuberancias, su geometría irregular, no hacen sino magnificar el carácter cambiante, sometido a los designios de la luz, de este lugar. Se trata de una estética rasgada que los muros, con su color y su encofrado pretenden reconocer y acompañar. Pasan a formar parte de este gran zócalo que es el Caño de Hierro para Hornachuelos.
En su culminación, bajo la cueva de las Carretas, el paseo se expande, ofreciéndonos un mirador. Desde aquí se observa la vertiente opuesta del caño, y a lo lejos, los campos de naranjos que se extienden hasta el horizonte. La culminación de este recorrido no es otra que la observación del paisaje desde el paisaje.

El proyecto como proceso colectivo
Desde que comenzamos a desarrollar nuestro Proyecto de Fin de Máster, trabajamos con la intención de llegar a la escala real. Este hecho, junto a la colaboración con los masovers –Sandra y Albert, una familia local–, nos permitió concretar y diseñar sistemas que pudieran encajar en la matriz territorial de Mas Vilanova, además de potenciar su mosaico agroforestal y su biodiversidad.
Este proyecto forma parte de una propuesta estratégica más amplia que desarrollamos para la recuperar el entorno edificado de Mas Vilanova. Nuestro objetivo era mejorar la gestión del agua y el sistema para la cría de aves. La intervención consistió en recanalizar el agua proveniente del rebosadero de la balsa de incendios, recogiéndola en un nuevo depósito situado en el huerto, evitando así que continuara desaprovechándose. Al mismo tiempo, diseñamos un nuevo corral de aves que mejora las condiciones de cría para autoconsumo y respeta las condiciones establecidas para la ganadería ecológica.
Para controlar los tiempos de ejecución de este proyecto, que se diseñó para ser autoconstruido, establecimos tres fases de actuación. La primera fase consistió en la creación del corral de aves, seguida de la construcción del depósito de aguas y, por último, una tercera fase para conectar la antigua balsa de incendios con el nuevo depósito mediante un abrevadero y una acequia, la cual permitirá regar los cultivos del huerto.
Los trabajos se realizaron de autoconstruccióncon la ayuda de Sandra, Albert, amigos suyos y muchos compañero de la escuela de arquitectura. Los sistemas constructivos se idearon con el objetivo de poder realizarse con los recursos humanos y materiales que podíamos disponer. Motivos por los cuales han surgido los postes de teléfono recuperados que conforman la columna vertebral del corral de aves o el bloque H de hormigón. Éste último resulta ser encofrado por piezas que finaliza siendo el propio acabado del depósito. Consiguiendo de esta manera simplificar los procesos de construcción y evidenciando finalmente el proceso que se ha llevado a cabo para su consecución.
Entendemos que este proyecto va más allá del propio objeto construido. Para nosotros, se trata de un proceso colectivo en el que ha participado muchísima gente sin cuya ayuda, todo esto no habría sido posible. Este hecho, ha permitido trascender del ámbito puramente académico y llegar a una escala real, tanto material como humana.

Federico García Lorca desembarca en Nueva York el 25 de junio de 1929. Permaneció en Estados Unidos durante 9 meses aproximadamente. De esa experiencia nacería Poeta en Nueva York, un recopilatorio de “poesía amarga, pero viva” [1]según propias palabras del autor. Como el mismo explica en la conferencia que dio el 16 de diciembre de 1932 en el Hotel Ritz de Barcelona, su ejercicio consiste en la “reacción lírica con toda sinceridad y sencillez” ante la ciudad de Nueva York.
Federico García Lorca desembarca en Nueva York el 25 de junio de 1929. Permaneció en Estados Unidos durante 9 meses aproximadamente. De esa experiencia nacería Poeta en Nueva York, un recopilatorio de “poesía amarga, pero viva” según propias palabras del autor. Como el mismo explica en la conferencia que dio el 16 de diciembre de 1932 en el Hotel Ritz de Barcelona, su ejercicio consiste en la “reacción lírica con toda sinceridad y sencillez” ante la ciudad de Nueva York.
Treinta años después, otro poeta español, José María Fonollosa, iniciará también un proyecto literario con la ciudad americana como fondo y protagonista. Los versos que Fonollosa reúne bajo el título de Ciudad del hombre: New York tienen un origen mucho más incierto y, sin embargo, nos sitúan de manera mucho más específica en el contexto neoyorquino ya que cada uno de ellos lleva por título una calle, una plaza o un edificio de la Gran Manzana. No se trata, como podría llegar a pensarse, de una guía de la ciudad en verso. Nos encontramos más bien ante un gran retrato de la vida urbana contemporánea escrito desde un rabioso existencialismo brutalista.
Nueva York es para ambos poetas un escenario hostil. Para García Lorca, es la máxima expresión del capitalismo desbocado, de “la esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos” [1]. Fonollosa la utiliza como abstracción. New York puede ser cualquier urbe en la cual se desarrolla el drama existencial del hombre occidental contemporáneo.
Se invierte en ambas obras el sentido clásico de locus amoenus que, en la poesía clásica, desde Virgilio a Boccaccio nos remite a un lugar idílico, refugio que nos aporta seguridad, calma. La ciudad contemporánea participa del universo lírico como escenario hostil, violento y desesperanzador.