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En los últimos tiempos comienza a haber una reflexión consciente acerca de las posibles maneras de entender y producir una arquitectura y un urbanismo más integrados y funcionales. En esta materia empieza a hacerse esencial la presencia de componentes digitales o tecnológicos. Sabemos que las ciudades están recubiertas de una capa invisible de espacio virtual. Redes de wifi, registros y señales de control, circuitos electrónicos… La gran parte de la gestión de la vida real se da en el espacio digital, donde también comienzan todos los procesos de modificación y adaptación.



Es curioso y alentador como en ciertas circunstancias concretas la sociedad está concienciada y reacciona de manera casi unánime, buscando un bien común. Los incendios de estos últimos días han dejado patente el dolor y la indignación que a todos nos supone ver arder el territorio natural que nos rodea. Somos conscientes de su función y de nuestra dependencia de ésta. Sin embargo, todo este compromiso se desvanece cuando pasamos a utilizar este mismo territorio como una explotación económica (ya sea urbanística, forestal, minera y un largo etc). La idea de que el suelo o el espacio constituyen una pertenencia debería ser tan perversa como la mercantilización del aire respirable (que quizá no esté tan lejos). Desde las guerras territoriales o el colonialismo, siempre se ha establecido la posesión del hábitat para uno u otro individuo, anteponiendo su valor monetario a su uso funcional.

Hoy te has levantado, te has duchado, vestido, desayunado y cogido algún transporte para ir a trabajar. En menos de dos horas has usado dos o tres habitaciones y un espacio público, pero además has limpiado tu bandeja de correo de spam, dado los buenos días a tu madre por WhatsApp, añadido dos o tres tareas a tu lista de «cosas urgentes», chequeado tus facturas bancarias, reservado cita con el dentista y acudido al último concierto de Depeche Mode. También has visto de pasada las inundaciones de Sierra Leona y has jugueteado con la idea de reservar un «vuelo-chollo» a Maldivas.

Leo recientemente en distintos manifiestos la “necesidad de poner en valor la profesión del arquitecto”, la urgencia por “hacer campañas públicas de información sobre nuestro trabajo” por parte de agrupaciones y colectivos de arquitectos con ímpetu renovador. Me extraña y me inquieta esta emergencia por tener que explicar a los usuarios de nuestras obras la necesidad o la aplicación de las mismas. Si tan desprestigiado está nuestro nombre y nuestra ocupación, ¿Por qué no centrarse en resolver la causa de esa desafección? ¿Por qué no proponer soluciones a los nuevos problemas urbanos, domésticos y espaciales (que es lo que se nos ha enseñado a hacer)? ¿Por qué exigir a la sociedad un reconocimiento caduco?

