La aventura de jugar

Había una vez, en una ciudad bastante cercana, una niña llamada Martina que tenía 6 años. En su primer día de escuela, Martina se levantó de un brinco de la cama llena de ganas e ilusión: ese día, por fin, iba a jugar con sus nuevxs amigxs.
De camino a la escuela, Martina imaginaba los espacios de juego que le esperaban: lugares llenos de árboles por los que poder escalar; arena y un montón de materiales para jugar… ¡y hasta un estanque con peces! Y quién mejor que ella y lxs otrxs niñxs para cuidar de los animales… Pero cuando Martina entró en su nueva escuela, casi se lleva un susto: era un espacio liso y gris, de un gris feo, «como la carretera» pensó. No había árboles donde los pájaros pudiesen descansar y mucho menos agua con la que poder jugar. «Bueno, seguro que en el aula tenemos espacio para nosotrxs», se animó Martina. Pero al entrar en la que sería su clase durante el próximo año, Martina casi se echa a llorar: era un espacio frío, muy triste y sin color. Las mesas, dispuestas en fila, estaban orientadas en una única dirección: quedaba claro quién mandaba ahí. Salvo una estantería con algún que otro diccionario, y un reloj que marcaba la hora no había presencia alguna de ningún objeto con el que ella y lxs otrxs niñxs pudiesen jugar, al menos, un ratito. Martina se sintió por un momento la niña más triste del mundo, pero pronto la clase empezó y su profe Esther una historia les contó:
- Fecha de publicación
- 23 de noviembre de 2018
- Revista
- Blog Fundación Arquia
- Tema materia
- Arquitectura para niños
- Uso
- Parques infantiles, Escuelas



