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Estudiar Arquitectura nos transforma. Mientras cursamos asignaturas en la Escuela modificamos y ampliamos nuestra forma de mirar el mundo, apreciamos la bondad de un buen diseño, desarrollamos una forma de crear que integra cultura, técnica y dimensión social bajo la sutil herramienta del dibujo. Apreciamos los contextos humanizados donde se desarrolla la vida y, cada vez más, su influencia sobre la diversidad que nos rodea.

Anne Tyng es una arquitecta cuya biografía revela la extraordinaria fortaleza de carácter de una pionera. Graduada en 1942 en el Radcliffe College, asistió a la Escuela de Arquitectura de Harvard, siendo en 1944 una de las primeras mujeres egresadas por esta institución. En 1949 fue la única arquitecta en Pennsylvania que se examinó para obtener su licencia. Implicada profesional y sentimentalmente con Louis Kahn durante 19 años (1945-1964), su participación fue decisiva en proyectos tan icónicos como los baños de Trenton, el techo de la Galería de Arte de Yale o la propuesta de torre de oficinas en Filadelfia, a pesar de que sus brillantes aportaciones no han sido reconocidas hasta hace poco. Tuvo una hija con Kahn en 1953, cuando éste estaba casado, lo que la llevó a partir a Roma durante un año. Doctora por la Universidad de Pennsylvania, fue la primera mujer en recibir una beca de la Fundación Graham para profundizar en el tema que más le interesó: la construcción del espacio a través de la geometría.

Siempre me han fascinado las fotografías de la cubierta de la Unité d’Habitation de Marsella en la que aparecen niños jugando. Es una mezcla entre la potencia de las formas de la arquitectura y la espontaneidad ligera de la infancia. Pero este interés se acrecentó cuando comprobé que en la Oeuvre complète de Le Corbusier, donde todas las fotografías que narran el proyecto resaltan la plasticidad de la arquitectura mostrando los espacios deshabitados, utiliza excepcionalmente para la cubierta una foto donde aparecen los niños. ¿Por qué incluir en este espacio la presencia infantil? Sugerir una respuesta requiere aproximarse a la figura de Lilette Ougier.

Los finlandeses crearon en 2019 un grupo de trabajo (Architectural Policy Programme work) con el fin de formalizar un programa que reuniera las directrices políticas que se deben seguir en temas de arquitectura ante los nuevos desafíos y cambios sociales. Este programa fue entregado a la Ministra de Ciencia y Cultura y a la Ministra de Medio Ambiente y Cambio Climático el pasado 12 de enero (ver aquí).

Después de casi tres meses de escuela, ésta se ha mostrado como un espacio más seguro ante contagios de lo esperado. El uso de mascarillas, la ventilación y la desinfección permanente han resultado herramientas eficaces en la lucha contra el virus. Sin embargo, tal y como anticipaba el artículo anterior, además de las medidas sanitarias, habría que comprobar si se ha trabajado paralelamente en el bienestar del alumnado. Para ello, describiremos cuáles han los cambios espaciales más frecuentes en los centros y la reflexión arquitectónica, social y pedagógica que dichos cambios deberían generar.

La pandemia ha sumergido en la incertidumbre a la mayor parte de las escuelas del mundo. Esto se hace especialmente visible al comprobar cómo las medidas tomadas por los centros educativos han sido diferentes en cada país. Pero ¿pueden los espacios ayudar a amortiguar la propagación del virus?
Jakob Brandtberg Knudsen, decano en The Royal Danish Academy of Fine Arts, sostiene que el incremento de la esperanza de vida se debe tanto a los avances médicos y dotación de hospitales, como a la arquitectura y la ingeniería. Especialmente destaca el papel decisivo que tiene en la salud el canalizar agua limpia y evacuar la sucia, proporcionar viviendas y espacios convenientemente ventilados y soleados y el uso de materiales que eviten agentes patógenos en calles y fachadas. Sin embargo, las enfermedades de transmisión aérea, según ha afirmado el antropólogo social Christos Lynteris, son las menos propensas a producir cambios significativos en ciudades y edificios. 1

La ciudad, a través de sus espacios, nos concede una importancia social. Y esa categorización educa a los ciudadanos. Así, por ejemplo, cuando se crean para la infancia espacios vallados, en cuyo interior hay columpios y un suelo de caucho, el niño aprende que está socialmente separado del mundo adulto, que su seguridad es el parámetro principal de diseño y que su diversión pasa por la adquisición, como si fueran juguetes de moda, de un mobiliario de juego repetido en cualquier ubicación urbana. No hay una identificación por tanto del niño y su juego infantil con el barrio o el entorno, sino que, desde su infancia, se educa en una suerte de globalización del espacio común.

En los últimos años hemos asistido al incremento de escuelas que han decidido, principalmente de forma participada a través de sus comunidades educativas, transformar su espacio exterior. Aunque diferentes blogs y Asociaciones, como Patios Habitables, hablan de cómo debería ser esta transformación para crear lugares de aprendizaje y convivencia, ¿por qué la renovación de espacios educativos se ha iniciado en el patio? ¿Y por qué esta demanda se ha producido simultáneamente en muchos países?

La obra de arquitectura se ha interpretado habitualmente como la expresión individual del arquitecto que la realiza, aunque un edificio destaca cuando además logra dotar de identidad, belleza y utilidad a la persona o colectivo que la recibe. Esa visión de la arquitectura como expresión individual del quehacer creativo ha favorecido la búsqueda de discursos propios, produciéndose históricamente el encuentro entre arquitectos cuando ha sido necesario afrontar nuevos desafíos. Pensemos por ejemplo en la Bauhaus, donde la idea de aproximar arte, artesanía y producción industrial demandaba desarrollar nuevos programas educativos adaptados al progreso técnico1 .

En el post anterior se abordaban algunas particularidades de la participación infantil. No obstante, ¿existen ejemplos exitosos en este ámbito? ¿Qué beneficios sociales y educativos tiene la participación infantil?

Imaginemos un espacio para la infancia. Imaginemos además que está bien proyectado. La memoria del proyecto explica que para su elaboración se ha contado con la participación de los niños/as, incorporando sus ideas y opiniones. Sin embargo, las imágenes sólo muestran el resultado. ¿Cuáles fueron las actividades realizadas? ¿Qué retos implica la participación de los más pequeños en el diseño de edificios y espacios urbanos?


Ludantia podría ser el nombre de una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, una ciudad que tiene en sus calles y plazas a niñas y niños que juegan, transforman y mejoran los espacios que habitan; una urbe ludens en constante evolución que emerge del trazado primigenio de los proyectos educativos.




«El niño urbano de hoy o tiene un playground para jugar al exterior o no tiene nada«. Con esta contundencia resumía Roger Hart[1] dos realidades de la infancia: su falta de disponibilidad para jugar en cualquier otro espacio de la ciudad y la gran importancia que adquiere en consecuencia el único que posee. Bastaron 20 años (1970-1991) para que el niño perdiera la ciudad[2] : fin de los recorridos seguros al colegio, del empleo del transporte público y del juego en plazas y calles.

La arquitectura a menudo aborda conceptos que van más allá del objeto construido. Así sucede con los edificios escolares, imaginados por algunos arquitectos no sólo como equipamientos públicos, sino como piezas contenedoras de la idea de ciudad.
En 1951 Hans Scharoun exploraba las relaciones del hombre con el espacio a través del proyecto de una escuela de educación primaria en Darmstadt dentro de un evento, el Darmstädter Gespräch,1

En los últimos años se ha producido un notable incremento del número de arquitectos que, de forma ocasional o continuada, han dedicado parte de su actividad a la realización de talleres de arquitectura para niños. Los objetivos de los mismos han sido tanto formativos (desarrollar el pensamiento crítico acerca del entorno construido, conocer el patrimonio cultural y urbano, fomento de la inteligencia espacial y la creatividad…) como informativos: recoger datos acerca de las necesidades del niño dentro de proyectos más complejos normalmente de carácter social o participativo.