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AZ06 | Arquia - Centro de Documentación
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AZ06

BURR

IMÁGENES

Descripción

AZ06 es la reforma de un piso existente para acoger a una familia de cinco personas en Madrid. El proyecto parte de una condición dada por la propia distribución base: la presencia del núcleo del edificio (comunicaciones y patio interior) como centro inevitable de la planta. La intervención aprovecha esa centralidad para organizar una vivienda que rota en torno a ese vacío, fomentando una circulación que atraviesa la casa y permite recorrerla cíclicamente de distintas formas. La vivienda deja de entenderse como una secuencia de estancias cerradas y pasa a operar como un sistema de paso: cada habitación cuenta con un camino de entrada y uno de salida, y todas adquieren, en mayor o menor medida, la condición de estancia de paso.

En planta, la intervención se configura como un recinto infraestructural. Una gran pieza de mobiliario divide los espacios más públicos de los más privados y, al mismo tiempo, se convierte en el gran elemento servidor de la vivienda: aloja instalaciones, concentra capacidad de almacenamiento y ordena los accesos a baños y aseos. No se trata de “amueblar” la planta, sino de introducir un espesor operativo que reorganiza el conjunto, absorbe lo técnico y libera el resto de la vivienda para usos cambiantes.

Materialmente, este gran recinto perimetral se resuelve en DM barnizado. Sobre esa base continua, todas las intervenciones singulares se entienden como incrustaciones o complementos: cocinas, grandes portones, estanterías e incluso accesos estancias ocultas aparecen lacadas en color amarillo. El color no funciona como acento superficial, sino como código de lectura: señala lo operativo, lo que se abre, lo que contiene, lo que transforma el plano de mobiliario en arquitectura habitable.

El proyecto se construye, por tanto, desde dos estrategias complementarias. Por un lado, un gran gesto infraestructural que concentra servicios y ordena la planta. Por otro, una concatenación de espacios pensados para ser recorridos de distintas formas, admitiendo itinerarios alternativos y produciendo encuentros no programados. En consecuencia, los espacios adoptan formas y tamaños muy distintos según los usos que deben alojar: desde piezas que buscan la máxima extensión para acoger la vida familiar en conjunto hasta pequeños ámbitos casi secretos.

Uno de los módulos de la estantería central de la casa, que aloja la biblioteca familiar, se abre para dar acceso a un pequeño estudio: una cámara cerrada destinada al trabajo aislado, concentrado, conectada a su vez con el dormitorio principal. El proyecto utiliza el mueble como umbral, como puerta gruesa, capaz de contener programas dentro del propio sistema.

Rompiendo esa lógica, aparece una pieza singular: una escalera metálica de caracol que cuelga del forjado superior y da acceso a una última estancia aislada, la única que, junto a baños y aseos, solo tiene una vía de entrada y salida. Exteriormente, la escalera se forra con una chapa metálica lacada en color rosa, conformando un cilindro que vuela sobre el suelo de madera contrachapada del resto de la vivienda. En el interior, el espacio se reviste con una capa de textil acolchado, casi como grandes cojines alargados, que arropan al habitante y construyen una barrera acústica respecto al resto de la casa.

Autoría y colaboradores

Autor

Jorge Sobejano Nieto

Colaboradores

Elena Fuertes
Ramón Martínez
Natalia Molina
Amanda Bouzada
Guillermo Hernández
Marina Van Der Linden

Información

Dirección

Madrid

Fecha de inicio

2024-12-01

Fecha de fin

2025-04-01

Superficie construida

200

Coste por metro cuadrado

1500

Tipo de uso

Reforma

Sección

Próxima

X Edición 2024-2025
2026

PLANOS

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SET-A

Con el objetivo de generar espacios identitarios para Amasa, obrador de masa madre, se planteó una estrategia de intervención sobre espacios existentes que ofreciera suficiente flexibilidad para adaptarse a distintas situaciones, creando al mismo tiempo ambientes reconocibles e identificables con la marca sin necesidad de replicarse formalmente. Se propone así un proceso homotético, más que una repetición literal.

La estrategia se articula en dos acciones fundamentales: fondo y figura.
El fondo define el contenedor sobre el que se actúa. La intención es conservar, en la medida de lo posible, el estado original de los espacios preexistentes, ya sea por su valor arquitectónico —como en el caso de Amasa Santa Isabel— o como respuesta a la dinámica constante de demolición y reconstrucción que impone la renovación comercial de muchas ciudades. En este sentido, el procedimiento consiste en mantener las envolventes exteriores prácticamente inalteradas, permitiendo el paso de las nuevas instalaciones vistas sobre muros o tabiques. A continuación, una gran cortina textil envuelve el nuevo espacio, ocultando tras de sí el fondo original. De este modo, si en algún momento el local debe abandonarse, la intervención sobre el espacio existente habrá sido mínima. Se trata, por tanto, de un revestimiento blando, efímero y reversible, que permite modificar el espacio con el tiempo sin necesidad de obras. Este gesto, además, unifica el fondo y destaca por contraste las figuras que se recortan sobre él.

La figura es un objeto ajeno al espacio. Un conjunto de elementos de apoyo desarrollado a partir de bases estandarizadas, formadas por piezas normalizadas unidas entre sí para conformar estructuras tubulares de acero inoxidable. Las uniones se señalan mediante protectores de ferralla —conocidos en obra como "setas"—, empleados habitualmente por razones de seguridad. Son estas "setas" las que dan nombre al set.
Cada base se compone por agregación de estos elementos tubulares, coronados por encimeras de formas y materiales variables, seleccionados en función de su uso específico: expositores, mesas auxiliares, puntos de cobro, etc. Los materiales empleados para estas superficies incluyen maderas, piedras o metales lacados, elegidos para realzar los distintos productos dispuestos sobre ellas.

Estos elementos se distribuyen libremente en el espacio que ocupan, favoreciendo un tránsito fluido y continuo. Su disposición busca desjerarquizar la relación entre cliente, personal y producto, dando lugar a un entorno de funciones atomizadas.

En el caso concreto de Amasa Santa Isabel, la intervención se centró en la recuperación de los escaparates originales del local, así como en la conservación del color azul característico de esta esquina madrileña. También se rehabilitó el pavimento de madera existente antes de introducir los fondos textiles y las piezas de mobiliario.

Set-A busca así generar una familia de espacios conectados por una lógica común, sin necesidad de ser idénticos. Una forma blanda de intervenir en distintos locales comerciales de la ciudad.

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La galería Ryder se traslada a una nueva ubicación en Madrid: un local que conserva, como herencia latente, su uso originario: un espacio empleado para el secado de jamones. Este pasado no se presenta como anécdota ni como motivo decorativo, sino como una infraestructura todavía activa: un sistema de cuelgue en techos, resuelto mediante pequeños ganchos metálicos de los que en su momento colgaron estas piezas. El proyecto parte de ese resto material como clave para entender el lugar y su actualización: el local ya estaba pensado para sostener y suspender, para organizar el aire, el peso y la distancia. La galería, en cierto modo, no introduce un gesto ex novo, sino un cambio de régimen sobre una lógica existente.

La intervención reconoce esa capa infraestructural y la reconvierte en soporte para el cuelgue de obra de arte. Los ganchos, y el orden que dibujan en el techo, se leen como una trama operativa: un plano de soporte que permite colgar, ajustar, desplazar y montar. Sobre esa misma capa se incorporan las instalaciones necesarias para el funcionamiento contemporáneo de la galería, singularmente electricidad e iluminación.

El techo se convierte en un plano técnico, capaz de alojar energía, luz y mecanismos de suspensión sin perder la memoria de su condición original.

Los nuevos elementos desarrollados para garantizar acceso, almacenaje y usos auxiliares parten de la misma lógica: piezas que se apoyan, se cuelgan o se anclan a lo existente, evitando imponer un orden ajeno. En particular, la escalera que da acceso a la planta sótano, la sala expositiva principal, se plantea como un elemento suspendido: se cuelga del muro de carga para bajar en voladizo, adaptándose a la geometría del hueco original existente en el forjado.

A esa genealogía del cuelgue se suma un segundo dispositivo, ahora tecnificado, pensado para facilitar el movimiento de piezas de gran tamaño. Un gancho motorizado, un polipasto, aprovecha el hueco liberado por la propia geometría de la escalera como espacio de carga. En planta calle, la barandilla, aparentemente estática, se abre para permitir la entrada y maniobra de obras de gran formato.

El conjunto se completa con un almacén ubicado en uno de los espacios abovedados del sótano. Allí, un sistema de peines cuelga a su vez de las bóvedas de ladrillo existentes: una última capa de suspensión que prolonga la lógica del proyecto hacia lo logístico.

Así, la galería se construye como una arquitectura de soporte: un espacio donde colgar no es un recurso, sino el principio que articula memoria, técnica y uso.

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O14 es un edificio residencial que ocupa la parcela de un antiguo inmueble industrial; un resto urbano, obsoleto, encajado en una trama consolidada, que durante años permaneció al margen de los grandes ciclos inmobiliarios. El espacio preexistente, construido en 1933, consistía en una fachada de grandes machones de ladrillo con una composición característica de la arquitectura industrial de la época. A diferencia de las construcciones del norte de Europa, en las que es común encontrar complejos edificados íntegramente con muros de varios pies de ladrillo, en este caso únicamente la fachada presentaba ese lenguaje material, ocultando una nave interior precaria, realizada en chapa y ladrillo tosco.

Las fachadas de los edificios industriales madrileños de esta etapa actuaban como máscaras: ocultaban construcciones interiores modestas tras envolventes de mayor solidez material y constructiva. En cierto modo se trataba de una arquitectura superpuesta, en la que coexisten una dimensión aparente y otra funcional. Esta condición, la fachada como “cara” urbana, capaz de sugerir más de lo que realmente hay detrás, conecta con una tradición amplia de falsos frentes construidos para ajustar proporciones, intensificar presencia o proyectar un volumen más monumental que el estrictamente necesario.

O14 retoma esta tipología enmascarada y enfatiza la distinción entre fachada y edificio. El proyecto consistió en demoler la estructura interior, en riesgo de colapso, y conservar la fachada principal. No obstante, el deterioro de esta última obligó a su demolición parcial por razones de seguridad. Ante esta situación, se descartó una reconstrucción literal: reproducir exactamente lo perdido habría generado una réplica sin poso, cuando el valor de la fachada residía en su condición de rastro. En su lugar se optó por recomponer una nueva fachada a partir de las líneas, proporciones y señales de la original, manteniendo la lógica de “falso frente” propia del emplazamiento: una envolvente que, más que describir el edificio, lo antecede y lo distorsiona.

Con el objetivo de reforzar la idea de enmascaramiento, se revistió la cara exterior de la fachada con una cerámica de medio caño lacada en rosa. Este revestimiento, actúa casi como un maquillaje, enfatizando su imagen pública. En contraste, sólo esa cara exterior aparece terminada: el espesor y la cara posterior, habitualmente ocultos, quedan expuestos en su materialidad cruda. Asimismo, la distribución de los forjados del nuevo edificio no responde a la lógica compositiva de la fachada, sino a las necesidades funcionales de las viviendas que aloja el nuevo edificio, generando un descuadre respecto a los huecos de la envolvente. Estas disonancias evidencian la coexistencia de dos construcciones superpuestas y divergentes: la máscara urbana por un lado y la estructura doméstica por otro.

Volumétricamente el edificio parte del máximo contorno permitido por normativa, pero reorganiza sus alturas para introducir una jerarquía espacial interna. En lugar de apilar plantas equivalentes, se compactan las superiores para liberar en planta baja un espacio común para residentes. Por otra parte, se expanden los ámbitos más públicos de las viviendas (salón y cocina), mientras se comprimen más los espacios más privados (dormitorios y baños), mediante a un sistema de entreplantas. La fachada de ladrillo se despliega así frente a los grandes ventanales de las viviendas, dispuestas en una sección dividida en dos partes. En la zona delantera, destinada a los espacios más públicos, se alcanza una altura libre cercana a 4 metros, siempre intercalada con el falso frente exterior que filtra luz y vistas. En la zona posterior, donde se ubican dormitorios y baños, se emplea un sistema de entreplantas para compactar y optimizar el espacio. Estos cambios de altura generan entreplantas conectadas por escaleras interiores que permanecen expuestas, haciendo explícitos estos cambios espaciales.

La fachada trasera refleja esta organización con una composición de huecos más propia de la tipología de edificación residencial. En esta cara interior se deja el ladrillo visto, salvo en los cargaderos de las ventanas, que se revisten con la misma cerámica utilizada en la fachada principal. Estos huecos se rematan con marcos metálicos lacados en el mismo tono que la cerámica, integrando contraventanas correderas para oscurecer los interiores, así como barandillas que protegen los encuentros con los vanos.
Finalmente, la estructura del edificio retoma el carácter industrial del emplazamiento mediante forjados acanalados de hormigón visto, prolongados hacia la fachada posterior, donde permanecen expuestos. Este sistema abovedado que atraviesa el edificio, culmina en la planta ático con una bóveda de cañón sobre el salón de la vivienda superior.